20070131

EL PRINCIPIO DEMOCRÁTICO

«Rassegna Comunista», año II, nª 18, del 28 de febrero de 1922






En la exposición de los problemas del comunismo, el empleo de ciertos términos engendra a menudo equívocos entre los sentidos diferentes con que pueden ser empleados. Tal es el caso con los términos democracia y democràtico. En sus afirmaciones de principio, el comunismo marxista se presenta como una crítica y una negación de la democracia; por otra parte, los comunistas defienden a menudo el caràcter democràtico, la aplicación de la democracia, en los organismos proletarios: sistema estatal de los consejos obreros, sindicatos, partido.
Ciertamente, no existe ninguna contradicción en ello, y no se puede objetar nada al dilema: democracia burguesa o democracia proletaria, como equivalente perfecto de: democracia burguesa o dictadura proletaria.
En efecto, la crítica marxista de los postulados de la democracia burguesa està basada en la definición de los caracteres de la actual sociedad dividida en clases, y demuestra la inconsistencia teórica y la insidia pràctica de un sistema que quisiera conciliar la igualdad política con la división de la sociedad en clases sociales, determinadas por la naturaleza del modo de producción.
La libertad y la igualdad política contenidas, según la teoría liberal, en el derecho al sufragio, sólo tienen sentido sobre una base que excluya la disparidad de las condiciones económicas fundamentales: he aquí porqué los comunistas aceptan su aplicación dentro de los organismos de clase del proletariado, y sostenemos que hay que dar un caràcter democràtico a su mecanismo.
Aun si, para no engendrar equívocos, y para evitar la valorización de un concepto que fatigosamente tendemos a demoler y que es rico en sugestiones, no se quiere introducir el uso de dos términos diferentes en los dos casos, es útil sin embargo estudiar màs profundamente el contenido mismo del principio democràtico en general, aun cuando se lo aplica a organismos homogéneos desde el punto de vista clasista. Esto evitarà que, mientras nos esforzamos con nuestra crítica en remover todo el contenido engañoso y arbitrario de las teorías «liberales», se corra el riesgo de volver a caer en el reconocimiento de una «categoría», el principio de la democracia, erigido de manera apriorística en un elemento de verdad y de justicia absoluta, y que sería un intruso en toda la construcción de nuestra doctrina.

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Así como un error doctrinal està siempre en la base de un error de tàctica política y, si se quiere, es su traducción en el lenguaje de nuestra conciencia crítica colectiva, del mismo modo se tiene un reflejo de toda la política y la tàctica perniciosa de la socialdemocracia en el error de principio que consiste en presentar el socialismo como el heredero de una parte substancial del contenido que la doctrina liberal opuso contra el de las viejas doctrinas políticas basadas en el espiritualismo.
Por el contrario, y lejos de aceptarla para complementarla, el socialismo marxista destruye justamente, desde sus primeras formulaciones, toda la crítica que el liberalismo democràtico había edificado contra las aristocracias y las monarquías absolutas del antiguo régimen. Evidentemente, y digàmoslo ya para aclarar nuestra orientación, esta destrucción no tiene por objeto la reivindicación de la supervivencia de las doctrinas espiritualistas o idealistas contra el materialismo volteriano de los revolucionarios burgueses, sino la demostración que,en realidad, los teóricos de este último, con la filosofía política de la «Enciclopedia», sólo se ilusionaban al creer haber superado las neblinas de la metafísica aplicada a la sociología y a la política, y los absurdos del idealismo, y que, junto con sus predecesores, debían caer bajo la crítica verdaderamente realista de los fenómenos sociales y de la historia, edificada con el materialismo histórico de Marx.
Teóricamente, es aun importante demostrar que para profundizar el foso entre el socialismo y la democracia burguesa, para devolver a la doctrina de la revolución proletaria su potente contenido revolucionario perdido en las adulteraciones de quienes fornican con la democracia burguesa, no es de ninguna manera necesario fundarse sobre una revisión de nuestros principios en un sentido idealista o neoidealista, sino que basta simplemente remontarse a las posiciones adoptadas por los maestros del marxismo frente a los engaños de las doctrinas liberales y de la filosofía materialista burguesa.
Permaneciendo en nuestro argumento, mostraremos que la crítica socialista de la democracia era substancialmente una crítica a la crítica democràtica de las viejas filosofías políticas, una crítica a su pretendida oposición universal, una demostración que ellas se asemejaban teóricamente, así como pràcticamente el proletariado no tenía tanto que felicitarse del pasaje de la dirección de la sociedad de las manos de la nobleza feudal, monàrquica y religiosa, a las de la joven burguesía comercial e industrial. Y la demostración teórica que la nueva filosofía burguesa no había derrotado a los viejos errores de los regímenes despóticos, sino que era sólo un edificio de nuevos sofismas, correspondía concretamente a la negación, contenida en el surgimiento del movimiento subversivo del proletariado, de la pretensión burguesa de haber organizado para siempre la administración de la sociedad sobre bases pacificas e indefinidamente perfectibles con el advenimiento del derecho de sufragio y del parlamentarismo.
Mientras que las viejas doctrinas políticas fundadas sobre conceptos espiritualistas, o aun sobre la revelación religiosa, pretendían que las fuerzas sobrenaturales que gobiernan la conciencia y la voluntad de los hombres habían asignado a ciertos individuos, a ciertas familias, a ciertas castas, la tarea de dirigir y de administrar la vida colectiva, convirtiéndolos por investidura divina en depositarios de la preciosa «autoridad»,la filosofía democràtica, que se afirmó paralelamente a la revolución burguesa, opuso a estas aserciones la proclamación de la igualdad moral, política y jurídica de todos los ciudadanos, ya fuesen nobles, eclesiàsticos o plebeyos, y quiso transferir la «soberanía», del circulo restringido de la casta o de la dinastía, al circulo universal de la consulta popular basada en el sufragio, mediante el cual la mayoría de los ciudadanos designa con su voluntad a los regidores del Estado.
Los rayos que los sacerdotes de todas las religiones y los filósofos espiritualistas hecharon contra esta concepción, no bastan para que sea aceptada como la victoria definitiva de la verdad contra el error obscurantista, a pesar de que, por mucho tiempo, el «racionalismo» de esta filosofía política pareció ser la última palabra tanto de la ciencia social como del arte politico, y ha obtenido la solidaridad de muchos pretendidos socialistas.La afirmación que la época de los «privilegios» ha caducado desde que la jerarquía social se constituye sobre la base de las formaciones electorales mayoritarias, no resiste a la crítica marxista, que proyecta una luz totalmente distinta sobre la naturaleza de los fenómenos sociales; y su construcción lógica puede seducir únicamente si se parte de la hipótesis de que el voto, o sea el parecer, la opinión, la conciencia de cada elector, tiene el mismo peso cuando confiere su delegación para la administración de los asuntos colectivos. Cuàn poco realista y «materialista» es tal concepto lo demuestra, por el momento, la siguiente consideración: él configura cada hombre como una «unidad» perfecta de un sistema compuesto de otras tantas unidades potencialmente equivalentes, y en lugar de valorar la opinión de cada individuo en función de sus múltiples condiciones de vida, o sea de sus relaciones con los otros hombres, la teoriza suponiendo su «soberanía». Esto equivale a ubicar la conciencia de los hombres fuera del reflejo concreto de los hechos y de las determinaciones del medio, a pensar que es una centella encendida en cualquier organismo (en el saludable como en el desgastado, en aquel que tiene armónicamente satisfechas sus necesidades como en el atormentado por ellas con la misma equidad providencia) por una indefinible divinidad que dispensa la vida. Està no designaría màs al monarca, pero habría dado a cada uno la misma facultad para indicarlo. A despecho de su ostentación de racionalidad, la premisa sobre la cual se apoya la teoría democràtica no es disímil, en su puerilidad metafísica, a la premisa de ese «libre arbitrio» por el cual la ley católica del màs allà absuelve o condena. Colocàndose fuera del tiempo y de la contingencia histórica, la democracia teórica no està pues menos impregnada de espiritualismo que lo que estàn, en su profundo error, las filosofías de la autoridad revelada y de la monarquía por derecho divino.
Quien quisiera profundizar estas confrontaciones no tendrà màs que recordar que la doctrina política democràtica ha sido expuesta, muchos siglos antes de la declaración del hombre y del ciudadano, y de la gran revolución, por pensadores que estaban totalmente sobre el terreno del idealismo y de la filosofía metafísica; y por otra parte, la gran revolución misma abatió los altares del dios cristiano en nombre de la razón, pero aun de ésta quiso y debió hacer una divinidad.
Incompatible con la crítica marxista, esta premisa es propia no sólo de las construcciones del liberalismo burgués, sino también de todas aquellas doctrinas constitucionales y de aquellos proyectos de edificación social que se fundan sobre la «virtud intrínseca» de ciertos esquemas de relaciones sociales y estatales. De hecho, edificando su propia doctrina de la historia, el marxismo demolía simultàneamente el idealismo medieval, el liberalismo burgués y el socialismo utópico.

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Contra estas edificaciones arbitrarias de constituciones sociales, ya sean aristocràticas o democràticas, autoritarias o liberales, como contra la concepción anarquista de una sociedad sin jerarquía y sin delegación de poderes, la cual procede de errores anàlogos, el comunismo critico ha opuesto un estudio mucho màs fundado de la naturaleza de las relaciones sociales y de sus causas, en el complejo desarrollo evolutivo que éstas presentan a lo largo del curso de la historia humana, un anàlisis atento del caràcter de estas relaciones en la época capitalista actual, y una serie de hipótesis meditadas sobre su evolución ulterior, a las cuales viene ahora a agregarse la formidable contribución teórica y pràctica de la revolución proletaria rusa.
Sería superfluo desarrollar aquí los notorios conceptos del determinismo económico y los argumentos que demuestran cuàn bien fundado es su empleo en la interpretación de los hechos históricos y del mecanismo social. La introducción de los factores que estàn sobre el terreno de la producción, de la economía y de las relaciones de clase que surgen de ellas, elimina simultàneamente todo apriorismo propio de los conservadores o de los utopistas, franqueando así la vía a la explicación científica de los hechos de distintos órdenes que constituyen las manifestaciones jurídicas, políticas, militares, religiosas y culturales de la vida social.
Nos limitaremos a seguir sumàriamente a través del curso histórico las evoluciones que ha presentado el modo de organización social y de agrupación de los hombres, no sólo en el Estado, representación abstracta de una colectividad unificadora de todos los individuos, sino también en los diferentes organismos que derivan de las relaciones entre los individuos.
En la base de la interpretación de toda jerarquía social, ya sea ésta extensisima o limitada, estàn las relaciones entre los distintos individuos, y en la base de éstas se halla la división de funciones entre ellos.
Sin riesgo de error grave, podemos imaginar la existencia, al principio, de una forma de vida completamente inorganizada de la especie humana. El número limitado de individuos les consiente vivir de los productos de la naturaleza sin ejercer arte o trabajo sobre ésta ultima; en estas condiciones, para vivir, cada uno podría prescindir de sus semejantes. Sólo existen aquellas relaciones comunes a todas las especies, las de la reproducción, pero para la especie humana y no sólo para ella ellas bastan ya para constituir un sistema de relaciones y una consiguiente jerarquía: la familia. Esta puede fundarse sobre la poligamia, sobre la poliandria, o sobre la monogamia; no es ésta la ocasión de entrar en tal anàlisis, pero la misma nos ofrece el embrión de una vida colectiva organizada sobre la división de funciones requerida por las consecuencias directas de los factores fisiológicos, que mientras llevan a la madre a amparar la prole y a criaría, consagran el padre a la caza, al saqueo, a la protección contra los enemigos externos, etc.
Tal como en las fases ulteriores del desarrollo de la producción y de la economía, es inútil detenerse en el estudio abstracto si, en esta fase inicial de ausencia casi completa de ese desarrollo, estamos en presencia de la unidad-individuo o de la unidad-sociedad. La unidad del individuo tiene indudablemente sentido desde el punto de vista biológico, pero es una elucubración metafísica hacer de él el fundamento de construcciones sociales, porque desde el punto de vista social no todas las unidades tienen el mismo valor, y porque la colectividad sólo surge de relaciones y de formaciones en las cuales, debido a las múltiples influencias del ambiente social, la parte y la actividad de cada individuo no son una función individual sino colectiva. Aun en el caso elemental de una sociedad inorganizada, o de no sociedad, la misma base fisiológica que produce la organización familiar nos basta para destruir la arbitraria representación del Individuo como una unidad indivisible (en el sentido literal del término) y susceptible de formar compuestos superiores con otras unidades semejantes que conservan su distinción propia y, en cierto sentido, su propia equivalencia. Evidentemente, ni siquiera existe la unidad-sociedad, ya que las relaciones entre los hombres, aun la de pura noción de la existencia recíproca, son limitadísimas y restringidas al círculo de la familia o del clan.
Podemos anticipar la conclusión obvia que la «unidad-sociedad» no ha existido jamàs y no existirà probablemente jamàs, sino como un «límite» al cual se podrà aproximar progresivamente superando los confines de las clases y de los Estados.Se puede considerar la unidad-individuo como un elemento utilizable en las deducciones o en las construcciones sociales, o, si se quiere, para negar la sociedad, sólo partiendo de una premisa irreal que, en el fondo, y aún en formulaciones modernisimas, no deja de ser una reproducción diferente de los conceptos de la revelación religiosa, de la creación, y de la independencia de una vida espiritual respecto de los hechos de la vida natural y orgànica. La divinidad creadora, o una fuerza única regidora de los destinos del mundo, habría dado a cada individuo esta investidura elemental, haciendo de él una molécula autónoma bien definida, conciente, volitiva, responsable, del conglomerado social, independientemente de las contingencias agregadas por las influencias físicas del medio. Este concepto religioso e idealista està modificado sólo en apariencia en la concepción del liberalismo democràtico o del individualismo libertario: el alma como centella encendida por el Ente supremo, la soberanía subjetiva de cada elector, o la autonomía ilimitada del ciudadano de la sociedad sin leyes, son otros tantos sofismas que pecan de la misma puerilidad frente a la crítica marxista, por màs resuelto que haya sido el «materialismo» de los primeros burgueses liberales y de los anarquistas.
A esta concepción le corresponde aquella otra suposición, igualmente idealista, de la perfecta unidad social, del monismo social, edificada sobre la base de la voluntad divina que gobierna y administra la vida de nuestra especie. Retornando al estadio primitivo de la vida social que consideràbamos màs arriba, y en presencia de la organización familiar, tenemos que concluir que, en la interpretación de la vida de la especie y en su proceso evolutivo, podemos prescindir de las hipótesis metafísicas de la unidad-individuo y de la unidad-sociedad. En cambio, podemos afirmar positivamente que, con la familia, estamos en presencia de un tipo de colectividad organizada sobre una base unitaria. Nosotros nos guardamos bien de hacer de ella un tipo fijo y permanente, y tanto màs de idealizarla como arquetipo de convivencia social, tal como se puede hacer con el individuo en el anarquismo o en la monarquía absoluta; constatamos simplemente la existencia de esta unidad primordial de organización humana, a la cual sucederàn otras, que ella misma se modificarà en distintos aspectos, que se convertirà en elemento constitutivo de otros organismos colectivos y, tal como podría suponerse, que desaparecerà en las formas sociales avanzadisimas. No experimentamos ninguna necesidad de estar por principio a favor o en contra de la familia, como tampoco, por ejemplo, a favor o en contra del Estado; lo que nos interesa es aprehender en la medida de lo posible, el sentido de la evolución de estos tipos de organización humana, y, cuando nos preguntamos si desapareceràn un día, lo hacemos de la manera màs objetiva, pues no es propio de nuestra mentalidad el considerarlos ni como sagrados e intangibles, ni como perniciosos y a destruir: el conservadorismo y su contrario (es decir la negación de toda forma de organización y de jerarquía social) son igualmente débiles del punto de vista critico, e igualmente estériles en resultados.
En el estudio de la historia humana, y lejos de la tradicional oposición entre las categorías de individuo y sociedad, seguimos la formación y la evolución de otras unidades, es decir, de otras colectividades humanas organizadas; agrupamientos humanos restringidos, o vastos, fundados sobre una división de funciones y sobre una jerarquía, que aparecen como factores y como actores de la vida social. Sólo en un cierto sentido, estas unidades pueden ser paragonadas a unidades orgànicas, a organismos vivos cuyas células, con distintas funciones e importancia, son los hombres o grupos elementales de hombres; pero la analogía no es completa, ya que, mientras el organismo viviente tiene limites definidos y un curso biológico de desarrollo y de muerte, las unidades sociales organizadas no estàn encerradas en límites fijos, y se renuevan continuamente, entrelazàndose, descomponiéndose y recomponiéndose al mismo tiempo. Lo que nos interesa demostrar y nos llevo a detenernos sobre el primer y obvio ejemplo de la unidad familiar, es que, a pesar de que estas unidades estàn formadas evidentemente por individuos, y a pesar de que su propia composición es variable, ellas actuan como «totalidades» orgànicas e integrales, y su descomposición en unidades-individuo sólo tiene un valor mitológico e irreal. El elemento familia tiene una vida unitaria que no depende del número de los individuos que encierra, sino de la trama de sus relaciones: así, para expresarnos banalmente, no tiene el mismo valor una familia compuesta por el jefe, las mujeres y algunos ancianos invàlidos, que aquélla compuesta, ademàs del jefe, por algunos hijos jóvenes y aptos para el trabajo.
A partir de la familia, esta primera forma de unidad organizada de individuos que nos presenta las primeras divisiones de funciones y las primeras jerarquías y formas de la autoridad, de la dirección de las actividades de los individuos y de la administración, se pasa en el curso de la evolución por una infinidad de otras formas de organización, cada vez màs complejas y vastas. La razón de esta creciente complejidad radica en la creciente complejidad de las relaciones y de las jerarquías sociales, que surge de una diferenciación siempre màs acentuada, determinada a su vez por los sistemas de producción que el arte y la ciencia.ponen a disposición de las actividades humanas para la elaboración de un número creciente de productos (en el sentido màs amplio de la palabra) aptos para satisfacer las necesidades de sociedades humanas màs numerosas y màs evolucionadas, que tienden hacia formas de vida superiores. Un anàlisis que quiera abarcar el proceso de la formación y de la modificación de las diferentes organizaciones humanas y el mecanismo de sus relaciones en toda la sociedad, debe basarse, por un lado, en la noción del desarrollo de la técnica productiva y, por el otro, en las relaciones económicas que surgen de las situaciones de los individuos en las diferentes funciones exigidas por el mecanismo productivo. El estudio de la formación y de la evolución de las dinastías, de las castas, de los ejércitos, de los estados, de los imperios, de las corporaciones o de los partidos, puede y debe tener lugar fundàndose sobre tales elementos. Puede pensarse que, en el punto culminante de este complejo desarrollo, se encuentre una forma de unidad organizada que coincida con los límites mismos de la humanidad, realizando la división racional de las funciones entre todos los hombres,y se puede discutir sobre el sentido y los límites que tendrà, en esa forma superior de la convivencia humana, el sistema jeràrquico de la administración colectiva.

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Interesàndonos llegar al examen de aquellos organismos unitarios cuyas relaciones internas estàn basadas en lo que corrientemente se denomina el «principio democràtico», introduciremos una distinción simplificadora entre las colectividades organizadas que reciben su jerarquía del exterior, y las que la forman por sí mismas en su propio seno. Según la concepción religiosa y la teoría autoritaria pura, la sociedad humana seria siempre una colectividad unitaria que recibe su jerarquía de los poderes sobrenaturales; y no insistiremos en la crítica de tal simplismo metafísico que està contradicho por toda nuestra experiencia. La jerarquía nace por razones naturales de la necesidad de la división entre las funciones, y esto evidentemente tiene también lugar en la familia. Al transformarse en tribu y en horda, esta debe organizarse para luchar contra otras organizaciones, y surgen así jerarquías militares por la conveniencia de confiar el comando a los màs aptos para valorizar las energías comunes.
Este criterio electivo basado en el interés general, y que es por milenios mucho màs antiguo que el electoralismo democràtico moderno (ya que los reyes, los jefes militares y los sacerdotes fueron originariamente elegidos) terminó por ser relegado por otros criterios de formación de las jerarquías, dando lugar a privilegios de casta, a través de la herencia familiar o de la iniciación de escuelas, de sectas y de cultos restringidos, siendo en general la posesión de un cierto grado, justificada por aptitudes y funciones especiales, el elemento màs importante para influir en la transmisión de ese mismo grado, al menos en los casos normales. Ya hemos dicho que no tenemos la intención de indagar en el seno de la sociedad todo el proceso formativo de las castas y luego de las clases; estas superponen a la necesidad lógica de una división de funciones, el monopolio del poder y de la influencia que acompaña a la posición de privilegio de ciertas capas de individuos en el mecanismo económico. De una forma o otra, toda casta dirigente se da una jerarquía organizativa, y lo mismo ocurre con las clases económicamente privilegiadas. Para limitarnos a un solo ejemplo: la aristocracia terrateniente del medioevo, coalizàndose contra los asaltos de otras clases para la defensa del privilegio común, construyó una forma de organización que culminó en la monarquía en cuyas manos se concentraron los poderes públicos, constituidos con exclusión de los otros estratos de la población. El Estado de la época feudal es la organización de la nobleza feudal apoyada por el clero. El ejército es el principal instrumento de fuerza de estas monarquías militares: estamos aquí frente a un tipo de colectividad organizada cuya jerarquía està constituida desde el exterior, ya que es el rey quien nombra los cuadros del ejército, fundado sobre la obediencia pasiva de cada uno de sus componentes. Toda forma de Estado concentra en una autoridad unitaria la capacidad de ordenar y de encuadrar una serie de jerarquías ejecutivas: ejército, policía, magistratura, burocracia. Así, la unidad-Estado se sirve materialmente de la actividad de individuos de todas las clases, pero està organizada sobre la base de una sola o de unas pocas clases privilegiadas que tienen el poder de constituir sus diferentes jerarquías. Las otras clases y en general todos los grupos de individuos para quienes resulta muy evidente que sus intereses y sus exigencias no estàn de ningún modo garantizadas por la organización estatal existente (aunque ésta emita continuamente esa pretensión), buscan darse organizaciones propias para hacer prevalecer sus propios intereses partiendo de la constatación elemental de la identidad de ubicación de sus miembros en la producción y en la vida económica.Si, al ocuparnos naturalmente de aquellas organizaciones que se dan ellas mismas su propia jerarquía, nos planteamos el problema de cuàl es la mejor manera de designar esta jerarquía para la defensa de los intereses colectivos de todos los miembros de estas organizaciones, y para evitar en su seno la formación de estratificaciones basadas sobre el privilegio, se nos propone el método basado sobre el principio democràtico: consultar todos los individuos y servirse del parecer de la mayoría para designar a quienes deberàn ocupar los grados de la jerarquía.
La crítica de tal proposición debe ser mucho màs severa cuando se propone su aplicación al conjunto de la sociedad actual, o a ciertas naciones, que cuando se trata de introducirla en el seno de organizaciones mucho màs restringidas como los sindicatos proletarios y los partidos.
En el primer caso, debe ser rechazada sin màs porque està planteada en el vacio, sin tener en cuenta para nada la situación económica de los individuos, y con la pretensión que el sistema es intrínsicamente perfecto, independientemente de la consideración de los desarrollos evolutivos que atraviesa la colectividad sobre la cual està aplicada.
La división de la sociedad en clases netamente distintas - como resultado de los privilegios económicos - quita todo valor a una opinión mayoritaria. Nuestra crítica refuta la pretensión engañosa que el mecanismo del Estado democràtico y parlamentario nacido de las constituciones liberales modernas hace de él una organización de todos los ciudadanos en el interés de todos los ciudadanos. Existiendo intereses opuestos y conflictos de clase no es posible una unidad de organización; y el Estado, a pesar de la apariencia exterior de la soberanía popular, continúa siendo el órgano de la clase económicamente dominante y el instrumento de la defensa de sus intereses. A pesar de la aplicación del sistema democràtico a la representación política, nosotros vemos la sociedad burguesa como un conjunto complejo de otros organismos unitarios, muchos de los cuales se agrupan en torno del potente organismo centralizado que es el Estado político, porque son aquéllos que surgen de los agrupamientos de las capas privilegiadas y que tienden a la conservación del aparato social actual; otros pueden ser indiferentes o mudar su orientación frente al Estado; otros finalmente, surgen del seno de las capas económicamente oprimidas y explotadas,y estàn dirigidas contra el Estado de clase. El comunismo demuestra por lo tanto que, mientras respecto a la economía persiste la división en clases,la formal aplicación jurídica y política del principio democràtico y mayoritario a todos los ciudadanos no logra dar al Estado el caràcter de una unidad organizativa de toda la sociedad o de toda la nación. La democracia política ha sido introducida con esta pretensión oficial; pero, en realidad, es adoptada como una forma que conviene al poder específico de la clase capitalista y a su pura y simple dictadura, con el propósito de conservar sus privilegios.
No es por lo tanto necesario insistir mucho en la demolición crítica del error que consiste en atribuir el mismo grado de independencia y de madurez al «voto» de cada elector -ya sea éste un trabajador consumido por el exceso de fatiga física o un rico sibarita, un sagaz capitàn de industria o un desdichado proletario que ignora las razones y los remedios de sus estrecheces-, yendo a buscar de tanto en tanto por un largo período de tiempo el parecer de unos y otros, y pretendiendo que el ejercicio de estas funciones soberanas baste para aségurar la calma y la obediencia de todo aquel que se sentirà desollar y maltratar por las consecuencias de la política y de la administración estatal.

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Habiendo aclarado así que el principio de la democracia no posee ninguna virtud intrínseca, y que no vale nada como principio, siendo màs bien un simple mecanismo organizativo basado en la simple y banal presunción aritmética que la mayoría tiene razón y que la minoría està equivocada, veamos si, y en qué medida, este mecanismo es útil y suficiente para la vida de organizaciones que comprenden colectividades màs restringidas y no divididas por las trincheras de los antagonismos que nacen de las condiciones económicas, consideradas en el proceso de sus desarrollos históricos.
Planteemos el interrogante de si el mecanismo democràtico es aplicable en la dictadura proletaria, o sea en la forma de Estado surgida de la victoria revolucionaria de las clases rebeldes contra el poder de los Estados burgueses, de modo que sea licito definir esta forma de Estado por su mecanismo interno de delegación de los poderes y deformación de las jerarquías, como una «democracia proletaria». La cuestión debe ser abordada sin prejuicios. Bien puede ocurrir qué se llegue a la conclusión que este mecanismo sea utilizable, con ciertas modalidades, mientras no nazca de la evolución misma de las cosas otro màs apto, pero es preciso convencerse que realmente ninguna razón nos lleva a establecer a priori el concepto de soberanía de la «mayoría» del proletariado. Al día siguiente de la revolución, esta mayoría no es todavía completamente homogénea y no constituye una clase única: en Rusia, por ejemplo, el poder està en manos de las clases de los obreros y de los campesinos, pero es fàcil demostrar, por poco que se considere todo el desarrollo del movimiento revolucionario, que la clase del proletariado industrial, mucho menos numerosa en el mismo que la de los campesinos, representa una parte mucho màs importante de ese movimiento, y es lógico pues que en los consejos proletarios, en el mecanismo de los Soviets, un voto de obrero valga mucho màs que el voto de un campesino.
No tenemos la intención de examinar aquí a fondo las características de la constitución del Estado proletario. nosotros no lo concebimos bajo un aspecto inmanente, tal como los reaccionarios ven a la monarquía por derecho divino, los liberales al parlamentarismo y al sufragio universal, los anarquistas al no-Estado. El Estado proletario, como organización de una clase dirigida contra otras que deben ser despojadas de sus privilegios económicos, es una fuerza histórica real que se adapta al fin que persigue, o sea a las necesidades que le dieron nacimiento. En ciertos momentos podría tomar impulso sobre las consultas de las màs vastas masas como sobre la función de restringidisimos organismos ejecutivos provistos de plenos poderes; lo esencial es que a esta organización del poder proletario se le den los medios y las armas para derrocar el privilegio económico burgués y las resistencias políticas y militares de la burguesía, de manera de preparar luego la desaparición misma de las clases, y las modificaciones cada vez màs profundas de su propia tarea y de su misma estructura.Una cosa es indudable: mientras que la democracia burguesa sólo tiene el propósito efectivo de excluir las grandes masas proletarias y pequeño-burguesas de toda influencia sobre la dirección del Estado, la cual està reservada a las grandes oligarquias industriales, bancarias y agrarias, la dictadura proletaria debe poder empear en la lucha que ella personifica a las capas màs vastas de la masa proletaria y aun casi proletaria. Pero el logro de este objetivo no se identifica en absoluto (a no ser para quien està sugestionado por prejuicios) con la formación de un vasto engranaje de consulta electiva: ésta puede ser demasiado y màs a menudo demasiado poco, ya que luego de haber participado en tal forma, muchos proletarios se abstendrían de otras manifestaciones activas en la lucha de clase. Por otra parte, la gravedad de la lucha en ciertas fases exige la prontitud de decisiones y de movimientos, y la centralización de la organización de los esfuerzos en una dirección común. Para llenar estas condiciones, el Estado proletario, tal como la experiencia rusa nos enseña con una multitud de elementos, funda su engranaje constitucional sobre características que laceran directamente los cànones de la democracia burguesa: por ello los partidarios de ésta gritan por la violación de la libertad, mientras que sólo se trata de desenmascarar los prejuicios filisteos con los que la demagogia ha asegurado siempre el poder de los privilegiados. El mecanismo constitucional de la organización estatal en la dictadura del proletariado no es sólo consultivo sino al mismo tiempo ejecutivo, y la participación en las funciones de la vida politica,si no la de toda la masa de los electores, por lo menos la de una vasta capa de sus delegados, no es intermitente sino continua. Es interesante constatar que esto se logra sin dar, es màs, acompañando al caràcter unitario de la acción de todo el aparato estatal, precisamente gracias a criterios opuestos a los del hiperliberalismo burgués, o sea suprimiendo sustancialmente el sufragio directo y la representación proporcional, luego de haber descartado, como ya hemos visto, el otro dogma sagrado del sufragio igualitario.
No pretendemos establecer aquí que estos nuevos criterios introducidos en el mecanismo representativo, o fijados en una constitución, lo sean por razones de principio: podrían cambiar en otras circunstancias,y en todo caso queremos aclarar que no atribuimos a estas formas de organización y de representación ninguna virtud intrínseca. Todo lo que estamos demostrando se traduce en una tesis marxista fundamental que puede ser enunciada asi: «la revolución no es un problema de formas de organización». Por el contrario, la revolución es un problema de contenido, o sea,de movimiento y de acción de las fuerzas revolucionarias en un proceso incesante, que no puede teorizar se fijàndolo en las tentativas diversas y vanas de una inmóvil «doctrina constitucional».
De todos modos, en el mecanismo de los consejos obreros no encontramos el criterio propio de la democracia según el cual cada ciudadano designa su delegado a la representación suprema, al parlamento. Existen por el contrario diferentes niveles territoriales cada vez màs amplios de los consejos obreros y campesinos, hasta llegar al Congreso de los Soviets. Cada consejo local o de distrito elige sus delegados al Consejo superior, así como los miembros de su propia administración, es decir, el órgano ejecutivo correspondiente. Mientras que en la base, en los consejos iniciales urbanos y rurales, toda la masa es consultada, en las elecciones de delegados a los consejos superiores y a los otros cargos, la elección no es efectuada según el sistema proporcional sino según el mayoritario, y cada conjunto de electores elige sus delegados según las listas propuestas por los partidos. Por lo demàs, como la mayoría de las veces se trata de elegir un solo delegado que representa la ligazón entre un nivel inferior y un nivel superior de los consejos, es evidente que dos de los dogmas del liberalismo formal: el escrutinio de lista y la representación proporcional, desaparecen al mismo tiempo. Ya que cada nivel de los consejos debe constituir organismos no sólo consultativos sino también administrativos que estàn estrechamente ligados a la administración central, es natural que, a medida que se sube hacia representaciones màs restringidas, se deban tener no ya las asambleas parlamentarias de charlatanes que discuten interminablemente sin actuar jamàs, sino cuerpos restringidos y homogéneos aptos para dirigir la acción y la lucha política y el camino revolucionario concorde de toda la masa así encuadrada.
Tal mecanismo es completado por aquellas virtudes que no podrían nunca estar contenidas automàticamente en ningún proyecto constitucional y que derivan de la presencia de un factor de primerísimo orden, el partido político, cuyo contenido sobrepasa de lejos la pura forma organizativa, y cuya conciencia y voluntad colectivas operantes permiten implantar el trabajo según las necesidades de un largo proceso que avanza incesantemente. El partido político es el órgano que màs puede aproximarse a los caracteres de una colectividad unitaria, homogénea y solidaria en la acción. En realidad, el partido comprende sólo una minoría de la masa, pero las características que presenta, en comparación con todo otro organismo de representación basado sobre capas amplísimas, son justamente tales que demuestran que el partido representa los intereses y el movimiento colectivo mejor que todo otro órgano. En el partido político tiene lugar la participación continua e ininterrumpida de todos los miembros en la ejecución del trabajo común, y la preparación a la solución de los problemas de lucha y de reconstrucción de los cuales el grueso de la masa sólo puede tener conciencia en el momento en que se delinean. Por todas estas razones, es natural que en un sistema de representación y de delegación que no sea el de la mentira democràtica,.sino que esté basado sobre un estrato de la población propulsado en el curso de la revolución por comunes intereses fundamentales, la elección espontànea recaiga en los elementos propuestos por el partido revolucionario, que està armado para las exigencias del proceso de lucha,y que ha podido y sabido prepararse a afrontar los problemas que el mismo plantea. Màs tarde diremos algo para demostrar que ni siquiera al partido atribuimos estas facultades como simple resultado de su criterio especial de constitución: el partido puede o no ser apto para cumplir la tarea de propulsor de la obra revolucionaria de una clase. No el partido político en general, sino un partido, el comunista, puede corresponder a tal función; y el propio partido comunista no està preventivamente inmunizado contra los cien peligros de la degeneración y de la disolución. Los caracteres positivos que ponen el partido a la altura de su tarea no se hallan en su mecanismo estatutario y en las simples medidas de organización interna, sino que se afirman a través del propio proceso del desarrollo del partido y de su participación a las luchas y a la acción, como formación de una dirección común en torno de una concepción del proceso histórico, de un programa fundamental -que se precisa como una conciencia colectiva-, y, al mismo tiempo, en torno de una firme disciplina organizativa. Los desarrollos de estas ideas estàn contenidos en las tesis sobre la tàctica presentadas al Congreso del Partido Comunista de Italia, y que el lector conoce.
Retornando a la naturaleza del engranaje constitucional de la dictadura proletaria, que es, tal como ya lo hemos dicho, tanto legislativo como ejecutivo en sus niveles sucesivos, debemos añadir algo para precisar cuàles son las tareas de la vida colectiva respecto a las cuales ese engranaje tiene funciones e iniciativas ejecutivas que justifican su formación misma y las relaciones de su mecanismo elàstico en continua evolución. Nos referimos al periodo inicial del poder proletario, comparable a la situación que ha atravesado la dictadura proletaria en Rusia durante los últimos cuatro años y medio. No queremos aventurarnos en el problema del ordenamiento definitivo de las representaciones en una sociedad comunista no dividida en clases, pues no podemos prever totalmente la evolución que se abrirà paso cuando la sociedad se aproxime a ese estadio; podemos solamente entrever que irà en el sentido de una fusión de todos los diferentes organismos: políticos, administrativos, económicos, con la eliminación progresiva de todo elemento coercitivo y de la propia entidad Estado, como instrumento del poder de clase y de la lucha contra las otras clases supervivientes.
En su periodo inicial, la dictadura proletaria tiene una tarea extremadamente pesada y compleja que puede ser subdividida en tres esferas de acción: política, militar y económica. El problema militar de la defensa interna y externa contra los asaltos de la contrarrevolución, así como el de la reconstrucción de la economía sobre bases colectivas, està basado en la existencia y en la aplicación de un plan sistemàtico y racional de empleo de todos los esfuerzos, en una actividad que debe llegar a ser fuertemente unitaria a pesar de utilizar es màs, justamente para utilizarlas con el mayor rendimiento las energías de toda la masa. En consecuencia, el organismo que conduce en primer lugar la lucha contra el enemigo externo e interno, esto es, el ejército (y la policía) revolucionario, debe fundarse sobre una disciplina y una jerarquía centralizada en manos del poder proletario: aun el ejército rojo es pues una unidad organizada con una jerarquía constituida del exterior, es decir, por el gobierno político del Estado proletario, y lo mismo sucede con la policía y la magistratura revolucionarias. Aspectos màs complejos tiene el problema del aparato económico que el proletariado vencedor construye para echar las bases del nuevo sistema de producción y de distribución. Aquí sólo podemos recordar que la centralización es la característica que distingue este aparato administrativo racional del caos de la economía burguesa privada. Se trata de administrar todas las empresas en el interés del conjunto de la colectividad y en coordinación con las exigencias de todo el plan de producción y de distribución. Por otra parte, el aparato económico y la disposición de los individuos adscriptos al mismo se modifica continuamente, no sólo como resultado de su construcción gradual, sino también como consecuencia de las crisis inevitables en un periodo de tan vastas transformaciones y que va acompañado de luchas políticas y militares. De estas consideraciones se llega a la conclusión de que en el periodo inicial de la dictadura proletaria, aunque los consejos en los distintos niveles deben dar lugar simultàneamente a las designaciones de orden legislativo para las instancias superiores, y las designaciones ejecutivas para las administraciones locales, es necesario dejar al centro la absoluta responsabilidad de la gestión de la defensa militar, y la respondabilidad menos rígida de la gestion de la campaña económica, mientras que los órganos locales sirven para encuadrar politicamente a las masas para su participación a la realización de esos planes, y para su consentimiento al encuadramiento militar y económico, creando así las condiciones de su màs amplia y continua actividad posibles en torno de los problemas de la vida colectiva, encauzàndola en la formación de esa organización fuertemente unitaria que es el Estado proletario.
Estas consideraciones, sobre las cuales no nos extenderemos, no tienden a probar que los organismos intermedios de la jerarquía estatal no deban téner una posibilidad de movimiento y de iniciativa, sino sirven para demostrar que no es posible teorizar el esquema de su formación como el de una adhesión precisa a las tareas efectivas, militares, o económicas, de la revolución, formando las agrupaciones de los electores proletarios según la empresa productiva o la sección del ejército. El mecanismo de tales agrupaciones no actúa gracias a aptitudes especiales inherentes a su esquema y a su estructura, y, por lo tanto, las unidades que reagrupan a los electores en la base pueden formarse según criterios empíricos, es màs, se formaràn de por si según criterios empíricos, entre los cuales pueden estar la confluencia en los lugares de trabajo como en los de habitación, o en la guarnición, o en el frente, o en otros sitios de la existencia cotidiana, sin que se pueda excluir ninguno a priori o erigirlo en modelo. Pero, de todos modos, el fundamento de la representación estatal de la revolución proletaria es una subdivisión territorial de circunscripciones, en cuyo seno tienen lugar las elecciones. Todas estas consideraciones no tienen nada de absoluto, y esto nos lleva a nuestra tesis que afirma que ningún esquema institucional tiene valor de principio, y que la democracia mayoritaria, entendida en el sentido formal y aritmético, no es màs que un método posible para coordinar las relaciones existentes en el seno de los organismos colectivos, y al cual es imposible atribuir desde cualquier punto de vista la presunción intrínseca de necesidad y de justicia, ya que estas expresiones no tienen para nosotros, los marxistas, ningún sentido, y que, por otra parte, no es nuestro propósito el de substituir el aparato democràtico criticado por nosotros por otro proyecto mecànico de aparato estatal exento de por si de defectos y de errores.

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Nos parece haber dicho bastante acerca del principio de la democracia cuando està aplicado al Estado burgués, con la pretensión de abrazar todas la clases, y aun cuando està aplicado exclusivamente a la clase proletaria como fundamento de un Estado después de la victoria revolucionaria. Nos falta agregar algo sobre la aplicación del mecanismo democràtico dentro de las relaciones estructurales de las organizaciones que existen antes (y aun después) de la conquista del poder: sindicatos económicos y partido político.
Habiendo establecido que una verdadera unidad organizativa es sólo posible sobre la base de una homogeneidad de intereses entre los miembros de la propria organización, es indiscutible que, puesto que se adhiere a los sindicatos y al partido sobre la base de una decisión espontànea de participar a ciertos tipos de acción, el funcionamiento del mecanismo democràtico y mayoritario dentro de ellos puede ser examinado sin aplicarle el tipo de crítica que le niega todo valor en el caso de la artificiosa unificación constitucional de las distintas clases del Estado burgués - pero sin dejarnos confundir por el arbitrario concepto de la «santidad» de las opiniones mayoritarias.
Respecto al partido, el sindicato tiene el caràcter de una identidad màs completa de intereses materiales e inmediatos: dentro de sus respectivos límites de categoría, el sindicato alcanza una gran homogeneidad en su composición, y,de organización de adhesión voluntaria, puede tender a devenir una organización a la que adhieran obligatoriamente por definición todos los trabajadores de una categoría o industria dada, lo que sucederà en una cierta fase de desarrollo del Estado proletario. Es indudable que en ese àmbito,el número sigue siendo el coeficiente decisivo, y la consulta mayoritaria tiene un gran valor; pero,a su consideración esquemàtica,se debe agregar la de los otros factores que intervienen en el seno de la organización sindical: una jerarquía burocratizada de funcionarios que la inmovilizan en el marco de su dominación, y los grupos de vanguardia que el partido político revolucionario constituye allí para conducirlo al terreno de la acción revolucionaria. En esta lucha, los comunistas demuestran a menudo que los funcionarios de la democracia sindical violan el concepto democràtico y que no les importa un bledo la voluntad de la mayoría. Es justo hacer ésto para demostrar que sus actos estàn en contradicción con la mentalidad democràtica que ostentan, tal como se hace con los burgueses liberales cada vez que defraudan y coartan la consulta popular, a pesar de no hacernos ilusiones de que ésta, aun si fuese efectuada libremente, resolvería los problemas que pesan sobre el proletariado. Es justo y oportuno hacerlo, porque en los momentos en los cuales las grandes masas se ponen en movimiento bajo la presión de las situaciones económicas, es posible cercenar la influencia de los funcionarios (que es una influencia extraproletaria proveniente, si bien no oficialmente, de clases y de poderes ajenos a la organización sindical), y acrecentar la influencia de los grupos revolucionarios. En todo esto no hay prejuicios «constitucionales», y con tal de ser comprendidos por la masa y poder demostrarle que actúan en el sentido de sus intereses bien interpretados, los comunistas pueden y deben comportarse en forma elàstica frente a los cànones de la democracia sindical interna; por ejemplo, no hay ninguna contradicción entre estas dos actitudes tàcticas: asumir la representación minoritaria en los organismos directivos del sindicato hasta tanto los estatutos lo permitan, y sostener que esta representación debe ser suprimida a fin de volver màs àgiles los órganos ejecutivos, apenas los hayamos conquistado. Lo que nos debe guiar en esta cuestión es el anàlisis atento del proceso de desarrollo de los sindicatos en la fase actual: se trata de acelerar su transformación, de órganos de las influencias contrarrevolucionarias sobre el proletariado, en órganos de la lucha revolucionaria; los criterios de organización interna no tienen un valor en sí mismos, sino en la medida en que se coordinan con estos objetivos.
Queda finalmente por examinar la organización del partido, cuyos caracteres han sido ya abordados a propósito del mecanismo del Estado proletario. El partido no parte de una identidad de intereses económicos tan completa como el sindicato pero, en compensación, constituye la unidad de su organización no ya sobre la estrecha base de categoría, como este último, sino sobre la base màs amplia de la clase. El partido no sólo se extiende en el espacio sobre la base del conjunto de la clase proletaria, hasta volverse internacional, sino también en el tiempo: es decir, el partido es el órgano específico cuya conciencia y cuya acción reflejan las exigencias de la victoria a lo largo de todo el camino de la emancipación revolucionaria del proletariado. Cuando estudiamos los problemas de la estructura y de la organización interna del partido, estas notorias consideraciones nos obligan a tener en cuenta todo el proceso de su formación y de su vida en relación con las complejas tareas a las que responde. Al final de este ya largo trabajo, no podemos entrar en los detalles del mecanismo que debería regir en el partido las consultas de la masa de sus adherentes, el reclutamiento, el nombramiento de los responsables en toda la jerarquía. Es indudable que, hasta ahora, lo mejor es atenerse, por lo general, al principio mayoritario. Pero, tal como lo hemos subrayado con insistencia, no hay ninguna razón para hacer un principio de este empleo del mecanismo democràtico. Junto a una tarea de consulta, anàloga a la legislativa de los aparatos de Estado, el partido tiene una tarea ejecutiva, que en los momentos supremos de la lucha corresponde lisa y llanamente a la de un ejército, y que exigiría el màximo de disciplina jeràrquica. De hecho, en el complejo proceso que nos ha llevado a la constitución de partidos comunistas, la formación de la jerarquía de los mismos es un hecho real y dialéctico que tiene lejanos origenes, y que corresponde a todo el pasado de experiencia y de ejercitación del mecanismo del partido. No podemos admitir que una designación de la mayoría del partido sea a priori tan feliz en sus decisiones como la de ese juez sobrenatural e infalible que, según la creencia de aquellos para quienes la participación del Espíritu Santo en los cónclaves es un hecho cierto, designa a los jefes de las colectividades humanas. Hasta en una organización en la cual, como en el partido, la composición de la masa es el resultado de una selección, a través de la espontànea adhesión voluntaria, y de un control del reclutamiento, la decisión de la mayoría no es de por si la mejor; si puede contribuir a un mejor rendimiento de la jerarquía operante, ejecutiva, del partido, es sólo como resultado de la convergencia en el trabajo concorde y bien encaminado. Aquí no proponemos aún reemplazarlo por otro mecanismo, ni estudiamos en detalle por cuàl podría serlo. Pero es seguro que es admisible una organización que se libere cada vez màs de los convencionalismos del principio de la democracia, y no debe ser rechazada con fobias injustificadas, cuando se pudiese demostrar que otros elementos de decisión, de elección, de resolución de los problemas, se presentan màs conformes a las exigencias reales del desarrollo del partido y de su actividad, en el marco del acaecer histórico.
A nuestros ojos, el criterio democràtico es hasta el presente un accidente material para la construcción de nuestra organización interna y para la formulación de los estatutos del partido: no es La plataforma indispensable. He aquí porqué nosotros no erigiremos en principio la conocida fórmula del «centralismo democràtico». La democracia no puede ser para nosotros un principio, mientras que, indudablemente, el centralismo lo es, porque las características esenciales de la organización del partido deben ser la unidad de estructura y de movimiento. El término centralismo basta para expresar la continuidad de la estructura del partido en el espacio; y para introducir el concepto esencial de la continuidad en el tiempo, es decir, en el objetivo al cual se tiende y en la dirección en la cual se avanza hacia los sucesivos obstàculos que deben ser superados, es màs, ligando estos dos conceptos esenciales de unidad, nosotros propondríamos decir que el partido comunista funda su organización sobre el «centralismo orgànico». Así, a la vez que se guarda del accidental mecanismo democràtico ese tanto que podrà servirnos, eliminaremos el uso del término «democracia», caro a los peores demagogos e impregnado de ironía para todos los explotados, los oprimidos, y los engañados, regalàndolo, como es aconsejable, para su uso exclusivo, a los burgueses y a los campeones del liberalismo, incluso cuando éste lleva el disfraz de cualquiera de sus poses extremistas.

20060910

Las lecciones de las "Jornadas de Marzo" (Última carta de Gorter a V. I. Lenin - 1921)

Querido camarada Lenin,
Cuando, en noviembre de 1920, nos despedimos, sus últimas palabras, a propósito de nuestras ideas tan divergentes sobre la táctica revolucionaria en Europa occidental, fueron que ni su parecer ni el mío habían sido suficientemente sometidos a prueba: que pronto la experíencia demostraría quién de los dos tenía razón.
Cosa en la que, estábamos completamente de acuerdo.
Ahora la realidad se ha manifestado y poseemos más de una experiencia. Sin duda me permitirá usted mostrarle, desde mi punto de vista, las lecciones que hemos de sacar.
Usted recuerda que en el Congreso de Moscú, usted mismo, y el Comité Ejecutivo de la IIIª Internacional se habían declarado a favor del Parlamentarismo, por la infiltración dentro de los sindicatos obreros y por la participación en los consejos industriales legales en Alemania, único país de Europa en el que tuvo lugar la revolución.
El Partido Obrero-Comunista de Alemania (KAPD) y los marxistas holandeses respondieron que vuestra táctica conduciría a un extremo debilitamiento de la revolución, al caos dentro del proletariado, al desconcierto entre los comunistas, y por consiguiente a las más desastrosas derrotas. En cambio, el antiparlamentarismo, la organización por fábrica, las uniones obreras, y sus comités de acción revolucionarios, conducirían, en Alemania y en Europa occidental, a intensificar la revolución y a unificar, finalmente, al proletariado.
Usted pretendía -y con usted el Comité Ejecutivo y la IIIª Internacional- reunir a las masas bajo vuestra dirección política y sindical sin saber si las masas eran verdaderamente comunistas. Es lo que ustedes han hecho en Tours, Florencia, Halle. Vuestro objetivo era el dar a esas masas otros jefes.
Nosotros queríamos destruir viejas organizaciones y construir otras de nuevo cuño, de abajo arriba, animadas por una nueva mentalidad. No queríamos agrupar más que a verdaderos comunistas.
Ustedes querían importar, en Europa occidental, la táctica de Rusia, en donde el capitalismo era débil y donde tenían como colaboradores a los campesinos.
Nosotros nos dábamos cuenta de que, en Europa occidental, el proletariado está sólo en contra de un gigantesco capitalismo, que tiene a su disposición el crédito y las materias primas. Que nos era necesaria, pues, nuestra propia táctica, diferente a la vuestra.
Ustedes querían la dictadura del partido, es decir, la de algunos jefes.
Nosotros queríamos una dictadura de clase.
Ustedes llevaban a cabo una política de jefes. Y nosotros una política de clase.
En el fondo vuestra táctica sigue siendo la de la IIIª Internacional. No han cambiado sino la fachada exterior, los nombres, las consignas. Esencialmente, siguen perteneciendo (en el campo europeo, sino en el ruso) a la vieja escuela de antes de la revolución.
Las jornadas de marzo del proletariado alemán en 1921 han demostado quién de nosotros tenía razón, usted, camarada Lenin, con el Comité Ejecutivo y la IIIª Internacional, o por el contrario el KAPD con los marxistas holandeses que le han apoyado. Las jornadas de marzo han dado la respuesta y han demostrado que los izquierdistas tenían razón.
Había en Alemania dos partidos, cada uno con su propia táctica, participando ambos en el movimiento. El Partido Comunista de Alemania seguía vuestra táctica, el Partido Obrero Comunista de Alemania seguía la suya, que es también la nuestra, Y ¿cuáles fueron los resultados? ¿cómo se han comportado en la acción? (Pues, ¿acaso no es siempre necesario especialmente en el caso que nos ocupa, que la táctica, los principios, la teoría encuentran su justificación en la acción?).
El Partido Comunista, por medio de una acción parlamentaria que solamente expresaba la decepción de las masas ante un capitalismo, fraudulento despilfarro, había desviado al proletariado de la acción revolucionaria. El había logrado reunir centenas de miles de no comunistas, convirtiéndose en un partido de masas. Con su táctica de infiltración se había constituido en sostén de los sindicatos, y con la participación en los consejos industriales legales había traicionado a los revolucionarios y debilitado la revolución. El Partido Comunista, en todo esto, no había hecho otra cosa sino seguir, camarada Lenin su consejo, vuestra táctica, la del Comité Ejecutivo y de la IIIªInternacional. Y cuando como consecuencia de todo esto, se hundió cada vez en la inactividad (por ejemplo durante la ofensiva contra Varsovia), o en traición en presencia de la acción (putsch de Kapp), cuando a fuerza de simulacros de acción y de una publicidad a bombo y platillos, llegó al reformismo, escurriendo constantemente el bulto siempre que podía ante la lucha a la que los capitalistas querían forzar a los obreros (ejemplo: la huelga de los electricistas en Hamburgo, en las fábricas Ambi y Lema, etc), en fin, cuando la revolución alemana, hallándose en la pendiente del retroceso y del debilitamiento, los mejores elementos del KPD comenzaron a reclamar, cada vez con mayor ardor, el ser conducidos a la acción -entonces, de golpe, el Partido Comunista de Alemania se decidió a una gran intentona con vistas a la conquista del poder político.
He aquí en que consistió: antes de la provocación de Hörsing y de la Sipo, el KPD decidió gradualmente una acción superficial, de arriba abajo, sin el espontáneo impulso de las grandes masas; dicho de otro modo, adoptó la táctica del putsch.
El Comité Ejecutivo y su representantes en Alemania ya habían insistido durante mucho tiempo por adelantado, en que el Partido Comunista, comprometiéndose a fondo, demostrara que era de verdad un partido revolucionario. ¡Como si lo esencial de una táctica revolucionaria consistiera únicamente en comprometerse a fondo!... Al contrario, cuando en vez de fortalecer la fuerza revolucionaria del proletariado, un partido socava esta misma fuerza a causa del apoyo dado al parlamento y a los sindicatos, y que después de tales ¡preparativos! se decide de repente la acción lanzándose a la cabeza de este mismo proletariado al que acaba de debilitar, en todo este procedimiento no puede ponerse en tela de juicio que se trata de un putsch, es decir de una acción decretada desde arriba, que no ha tenido su origen en las mismas masas, y que por consiguiente está destinada al fracaso. Esta tentativa de putsch no es modo alguno revolucionaria; es oportunista con el mismo título que el parlamentarismo o la táctica de infiltración de células de partidarios entre los grupos adversos.
Esta táctica putschista es el reverso inevitable del parlamentarismo y de la infiltración, del reclutamiento de elementos no comunistas, de la sustitución de la táctica de masa o de clase por la táctica de jefe. Una tal política, débil, podrida interiormente, tiene que conducir fatalmente a los putschs.
¿Cómo podría el KPD -corrompido por el parlamentarismo, internamente debilitado por el peso muerto de los no comunistas, con desavenencias entre, al menos 6 tendencias, puesto al servicio de una táctica de jefe, contrario a una táctica de masa- haber dirigido una acción revolucionaria?
¿Dónde habría encontrado el KPD la fuerza que le era necesaria, frente a un enemigo tan formidable como la reacción alemana armada hasta los dientes? ¿frente a un capitalismo financiero y comercial, que consigue hacer un bloque de todas las clases en contra del comunismo?
Cuando llegó la provocación de Hörsing por parte del gobierno, cuando una general y tenaz resistencia se hizo necesaria, y cuando las mismas masas comenzaron a sublevarse en Alemania central, el KPD, debido a su interna debilidad, no era capaz de ningún tipo de combate efectivo. Aquello fue la ruina. Por lo menos la mitad de sus miembros permaneció inerte -en otras partes lucharon entre ellos mismos. La reacción ganó sin esfuerzo.
Cuando hubo comenzado la derrota, Levi, vuestro antiguo protegido y abanderado -el hombre que junto con Radek, usted y el Comité Ejecutivo, es el mayor responsable de la introducción en Alemania y en Europa occidental de esta debilitante táctica, de esta táctica del putsch- este Levi atacó por la espalda a los miembros combatientes del KPD, a aquellos que, a pesar de su equivocada táctica, se habían mostrado como el elemento más revolucionario. Mientras que a miles de entre ellos se les citaba ante los tribunales, él los denunció, a ellos y a sus jefes. Él, con su táctica, no es solamente corresponsable del putsch, sino también de los terribles castigos de la represión. Y es con él precisamente con quien se coaligan Dáumig, Geyer, Clara Zetkín, y junto con ellos -hecho muy significativo- toda la fracción parlamentaria del partido.
El Partido Comunista Alemán recibió así un duro golpe. Y con él fueron heridos el proletariado de Europa occidental, la revolución rusa y la revolución mundial. El KPD, único partido comunista de masa en Europa occidental, probablemente quedará reducido a la nada. Probablemente este será su final en cuanto partido revolucionario.
Este partido, camarada, ha sido construido según vuestros principios, en un país en que las condiciones económicas encaminan a la revolución. Y en el primer golpe que él asesta, se viene abajo. Mientras sus más valientes militantes mueren, se les fusila, llenan las cárceles, ellos mismos son traicionados por sus propios jefes. He aquí el ejemplo que han dado el KPD y vuestra táctica.
Veamos ahora el otro ejemplo y la otra táctica, la del KAPD.
El KAPD, que no quiere saber nada del parlamentarismo, ni tampoco de los antiguos sindicatos, sino que quiere organizaciones de fábrica, nunca tendrá necesidad de la táctica del putsch, que es siempre una consecuencia de su falta de solidez interna. Ahora bien, el KAPD no tendrá que padecer esta falta de solidez interna, porque no admite como miembros más que a comunistas, porque, para él, lo que cuenta es la calidad; porque no tiene una política de jefe, sino una política de clase; porque no quiere una dictadura de partido, sino una dictadura de clase. He ahí la razón por la que, en él, no puede plantearse la cuestión del putsch. En el caso que nos ocupa, el KAPD no ha seguido la táctica putschista. Su táctica se fundamenta en el hecho de que un partido o la Dirección de un partido no pueden tomar la decisión de una revolución o de una gran acción insurreccional, sino que es la situación, es decir la voluntad de combate en las masas, las que deben decidir. La táctica del KAPD quiere fortificar el proletariado desarrollando su conciencia y ampliar su fuerza revolucionaría constituyendo organizaciones eficaces de combate. Ahora bien, esto no puede realizarse sino en el combate mismo, sin eludir jamás la lucha impuesta por el enemigo o surgida espontáneamente de las masas.
Es así como siempre ha actuado el KAPD, al contrario de como lo han hecho los partidos socialdemócrata, independiente y comunista de Alemania. Esto ha sido así tanto durante el putsch de Kapp, la huelga de los electricistas, la ofensiva rusa en Polonia, las numerosas huelgas en Alemania, como durante las jornadas de marzo. Con esta táctica verdaderamente revolucionaria no pueden darse acciones arbitrariamente emprendidas.
En las Jornadas de marzo, el KAPD no ha iniciado la lucha sino después del ataque del gobierno.
Y ahora, ¿quiere usted comparar al KAPD con el KPD durante y después de la acción? El partido Obrero Comunista se mostró tan firme en su reserva y en su táctica que, en la acción no hubo desacuerdo alguno, y que incluso después de la derrota, reinó la más completa unidad en la asamblea de los delegados. A pesar de la derrota su fuerza se vio incrementada así como también la de la Unión Obrera (AAU).
Ese es el balance de vuestra táctica, la de la IIIªInternacional, y el de la táctica del KAPD.
Camarada Lenin, no es por pedantería por lo que quiero considerar todavía más a fondo estos problemas. Es por que de ellos depende la táctica de la revolución en Europa occidental, de la revolución mundial. Consideremos, pues, más de cerca los detalles de táctica -de la vuestra y de la de los izquierdistas.
Queríais el parlamentarismo. Queríais desempeñar un papel en el teatro, detrás de cuyos bastidores se oculta el Nuevo Estado Alemán de Stinnes y del Orgesch, teatro que carece de verdadero poder. Con sus métodos, los obreros han sido alejados de los verdaderos problemas de la revolución, se han congregado (con las elecciones) masas con las que no se podía contar, parte de esas masas debía forzosamente faltar en el momento decisivo. Con esos métodos, la corrupción interna era inevitable.
Nosotros éramos antiparlamentarios. Nosotros no queríamos la lucha ficticia sino la verdadera lucha. Por ello el KAPD permaneció unánime e inconmovible.
Queríais los consejos industriales legales. Los habéis preconizado a los obreros, habéis impuesto a los obreros que los reconozcan como órganos de la revolución. ¿Qué papel han desempeñado durante las Jornadas de marzo?... Han abandonado la acción revolucionaria y la han traicionado.
Nosotros queríamos comités de acción revolucionarios. Y mientras que los consejos industriales permanecían inactivos y traicionaban durante las Jornadas de marzo, los comités revolucionarios de acción surgieron espontáneamente de las masas y empujaron el movimiento hacia adelante.
Queríais actuar sobre los sindicatos por medio de núcleos comunistas. ¿Qué es lo que realizaron ellos? ¿Han empujado hacia adelante a los sindicatos? No se ha notado que hayan hecho algo. Ellos no han realizado nada. Incluso muchas veces se pusieron de parte de la burocracia sindical.
Nosotros queríamos la organización por fábrica y la reunión de estas organizaciones dentro de la Unión General Obrera (AAU), porque la lucha revolucionaria no puede ser dirigida sino en el campo industrial y sobre la base industrial. Y ¿qué nos han demostrado las Jornadas de marzo? Se ha luchado en las industrias y por industria. Son las organizaciones de fábrica las que ha luchado. Son ellas y no los sindicatos por oficio, las que han formado los puntos de apoyo de la revolución. Las Jornadas de marzo han suministrado pues, la prueba de que, para la revolución, la organización por fábrica es indispensable.
El KPD, a pesar del heroísmo de un importante número de combatientes, ha paralizado la revolución con su táctica (que es la vuestra) con su parlamentarismo, su infiltración en otras organizaciones y sus consejos industriales legales.
El KAPD, la Unión Obrera y las organizaciones de fábrica han aparecido a los ojos del mundo entero, como los jefes de la revolución alemana es decir, de la revolución en Europa occidental y en el mundo entero.
Queríais la organización, obtenéis el caos. Queríais la unidad, obtenéis la escisión. Queríais unos jefes, obtenéis unos traidores. Queríais unas masas, obtenéis unas sectas.
(Pues es necesario que aún añada esta observación: usted, camarada Lenin, usted Zinoviev y Radek y tantos otros dentro de la IIIª Internacional, ustedes dijeron que la táctica del KAPD no serviría más que para producir sectas). ¡Veamos lo que sucede! Vuestro KPD comprende, según él, 500.000 miembros. Pero él mismo añade (en su congreso), y cada uno bien lo sabe, que la mayoría no es comunista. Supongamos sin embargo que la mitad lo sea. En este caso, por medio de vuestra táctica y la de la IIIª Internacional, sobre los 9 millones de sindicados en Alemania, han agrupado ustedes a 250.000 comunistas. Pero, ¿cuántos comunistas hay dentro de la Unión Obrera (AAU), que ha sido establecida según los principios del KAPD? En números redondos: 250.000. Evaluada en cifras, nuestra táctica ha resultado, Pues tanto como la vuestra.
Pero no es sólo respecto al número, en lo que nuestra táctica ha revelado su superioridad. Existe esta diferencia: en primer lugar el KPD y los núcleos han sido creados con los innumerables millones de marcos gastados en periódicos, organización y propaganda -el KAPD y la AAU no han costado ni un pfennig. En segundo lugar, el KPD y sus núcleos se os han desmoronado en vuestras manos, mientras que el KAPD y la AAU son sólidos y están en pleno desarrollo. El KPD y sus núcleos están carcomidos por traiciones internas. El KAPD y la AAU crecen en las solidez y la unidad.
La realidad nos ha proporcionado los siguientes elementos de experiencia: como claramente lo han demostrado las Jornadas de marzo del proletariado alemán, como la Internacional entera, esperémoslo, lo reconocerá, vuestra táctica, la del Comité Ejecutivo y del Comintern, conduce al desmoronamiento y a la derrota, mientras que la del ala izquierda es generadora de unidad y de fuerza.
El III Congreso de la Internacional deberá, pues, modificar su táctica. Camarada Lenin, nosotros reconocemos lo adecuado de vuestra táctica en Rusia, y personalmente querría deciros que el juicio de la historia, por lo que veo, considerando vuestra conducta revolucionaria en su conjunto, dirá que ha sido grande y la mejor posible. A mi entender, es usted, después de Marx y Engels, nuestro más eminente guía. Eso no quita, en cambio, que usted se equivoque respecto a la táctica a emplear en Europa occidental.
Y ahora, nos dirijimos al proletariado alemán diciendo: «si de verdad estáis convencidos, racional y efectivamente, de que es el ala izquierda quien tiene razón, si estáis dispuestos a luchar siguiendo su método, entonces abandonad el KPD y todos los viejos partidos parlamentarios; abandonad los sindicatos, y sumaos a la Unión General Obrera y al Partido Obrero Comunista».
Y hacemos una llamada a todo el proletariado de Europa occidental y de todo el mundo para que adopte nuestra táctica.


20060113

Cuatro horas en Chatila


Jean Genet
Traducción: Antonio Martínez Castro para el Comité de Solidaridad con la Causa Árabe webJulio de 2001
http://www.nodo50.org/csca
Más sobre Jean Genet: http://www.epdlp.com/escritor.php?id=1754

Presentación

Jean Genet nació en París en 1910. Abandonado por su madre, ingresa por primera vez en 1920 en un reformatorio, acusado de robo. Marginal, desertor de la Legión Extranjera, viajero, marinero y delincuente, Genet redactará en los años 40 sus primeras y magistrales obras (Notre-Dame des Fleurs, Le Miracle de la rose, Haute surveillance) en las prisiones francesas, hasta que escritores e intelectuales de su país (Sartre y Cocteau, entre otros) le reivindican como la nueva figura literaria de Francia y logran que le sea concedida la gracia presidencial en 1947. Después vendrán la publicación de L'enfant criminel o Le Journal du voleur, en 1949, y nuevos procesos, esta vez por atentado contra la moral. Homosexual declarado y reivindicativo, Genet apoyará con gran valentía las causas de los desheredados y de los pueblos: a las Panteras Negras en los propios EEUU, adonde viaja en 1969 para hacer campaña a favor de la liberación de sus presos; a los palestinos, conviviendo con sus refugiados y guerrilleros en Jordania y el Líbano entre 1970 y 1972, experiencia y compromiso (frente a una izquierda francesa mayoritariamente filosionista) que narrará en Un captif amoureux. Genet está en Beirut cuando en septiembre de 1982 entra el Ejército israelí y se producen las matanzas en Sabra y Chatila, por donde pasea a las pocas horas de producidas, cuando los cadáveres aún no han sido retirados de sus callejuelas. Escribirá "Cuatro horas en Chatila", un testimonio políticamente contundente y de una bellaza sobrecogedora que será publicado en Francia en la Revue d'études Palestiniennes y cuya primera traducción al castellano se ha realizado para CSCAweb. Genet murió en 1986.
"(...) De un lado al otro de una calle, doblados o arqueados, los pies empujando una pared y la cabeza apoyada en la otra, los cadáveres, negros e hinchados, que debía franquear eran todos palestinos y libaneses. Para mí, como para el resto de la población que quedaba, deambular por Chatila y Sabra se parecía al juego de la pídola. Un niño muerto puede a veces bloquear una calle, son tan estrechas, tan angostas, y los muertos tan cuantiosos. Su olor es sin duda familiar a los ancianos: a mí no me incomodaba. Pero cuántas moscas. Si levantaba el pañuelo o el periódico árabe puesto sobre una cabeza, las molestaba. Enfurecidas por mi gesto, venían en enjambre al dorso de mi mano y trataban de alimentarse ahí. El primer cadáver que vi era el de un hombre de unos cincuenta o sesenta años. Habría tenido una corona de cabellos blancos si una herida (un hachazo, me pareció) no le hubiera abierto el cráneo. Una parte ennegrecida del cerebro estaba en el suelo, junto a la cabeza. Todo el cuerpo estaba tumbado sobre un charco de sangre, negro y coagulado. El cinturón estaba desabrochado, el pantalón se sujetaba por un solo botón. Las piernas y los pies del muerto estaban desnudos, negros, violetas y malva: ¿quizá fue sorprendido por la noche o a la aurora?, ¿huía? Estaba tumbado en una callejuela inmediatamente a la derecha de la entrada del campo de Chatila que está frente a la embajada de Kuwait. ¿Cómo los israelíes, soldados y oficiales, pretenden no haber oído nada, no haberse dado cuenta de nada si ocupaban este edificio desde el miércoles por la mañana? ¿Es que se masacró en Chatila entre susurros o en silencio total?"




Cuatro horas en Chatila
de Jean Genet



"En Chatila, en Sabra, unos no-judíos han masacrado a unos no-judíos, ¿en qué nos concierne eso a nosotros?"
Menahem Begin, primer ministro de Israel en 1982 ante el Parlamento israelí


Nadie, ni nada, ni ninguna técnica narrativa, dirán lo que fueron los seis meses que pasaron los fedayines en las montañas de Yeras y de Ashlun en Jordania, sobre todo en las primeras semanas. Otros han dado cuenta de los hechos y han establecido la cronología, los logros y los errores de la OLP. Se podrá describir el aspecto del tiempo y el color del cielo, de la tierra y de los árboles, mas nunca transmitir la ligera borrachera, la marcha sobre el polvo, el estallido en los ojos, la transparencia de la relación entre fedayines y de éstos con sus jefes. Todo, todos, bajo los árboles, vibraban, reían, maravillados por una nueva vida para todos, y en aquellas vibraciones había algo sorprendentemente fijo, al acecho, reservado, protegido como alguien que reza sin decir nada. Todo era de todos. Cada uno en sí mismo estaba solo. Quizá no. En suma, sonrientes e inquietos. La región jordana donde se habían retirado, siguiendo una decisión política, era el perímetro que iba de la frontera siria a As-Salt y estaba delimitado en profundidad por el Jordán y la carretera de Yeras a Irbid. Alrededor de sesenta kilómetros de largo y una profundidad de veinte en un territorio muy montañoso cubierto de encinas verdes y villorrios jordanos de cultivos muy pobres. Bajo los bosques y las tiendas camufladas los fedayines habían dispuesto unidades de combate y armas ligeras y semipesadas. Una vez en el lugar, dirigida la artillería principalmente contra las eventuales operaciones jordanas, los jóvenes soldados se ocupaban de las armas, las desmontaban para limpiarlas, engrasarlas y las montaban a toda velocidad. Algunos lograban montar y desmontar las armas con los ojos vendados a fin de entrenarse para la noche. Entre cada soldado y su arma se había establecido una relación amorosa y mágica. Como los fedayines habían dejado hacía poco la adolescencia, el fusil en cuanto arma era el signo de la virilidad triunfante, y aportaba la certeza de ser. La agresividad desaparecía: la sonrisa mostraba los dientes.
El resto del tiempo, los fedayines bebían té, criticaban a sus jefes y a la gente rica -- palestinos y otros --, insultaban a Israel; pero más que nada hablaban de la revolución, de aquella que hacían y de aquella que iban a emprender.
Para mí, esté en un título, en el cuerpo de un artículo o en un panfleto, la palabra palestinos evoca inmediatamente a los fedayines de un lugar preciso -- Jordania -- y en una época que podemos datar fácilmente: octubre, noviembre, diciembre del 70, enero, febrero, marzo, abril de 1971. Entonces y allí es donde conocí la Revolución palestina. La extraordinaria evidencia de lo que pasaba, la fuerza de esa dicha de ser, también se denomina belleza.
Pasaron diez años y no supe nada de ellos, salvo que los fedayines estaban en el Líbano. La prensa europea hablaba de los palestinos despreocupadamente, incluso con desdén. Y, de repente, Beirut Oeste.

* * *
Una fotografía tiene dos dimensiones, la pantalla de un televisor también, ni la una ni la otra pueden recorrerse. De un lado al otro de una calle, doblados o arqueados, los pies empujando una pared y la cabeza apoyada en la otra, los cadáveres, negros e hinchados, que debía franquear eran todos palestinos y libaneses. Para mí, como para el resto de la población que quedaba, deambular por Chatila y Sabra se parecía al juego de la pídola. Un niño muerto puede a veces bloquear una calle, son tan estrechas, tan angostas, y los muertos tan cuantiosos. Su olor es sin duda familiar a los ancianos: a mí no me incomodaba. Pero cuántas moscas. Si levantaba el pañuelo o el periódico árabe puesto sobre una cabeza, las molestaba. Enfurecidas por mi gesto, venían en enjambre al dorso de mi mano y trataban de alimentarse ahí. El primer cadáver que vi era el de un hombre de unos cincuenta o sesenta años. Habría tenido una corona de cabellos blancos si una herida (un hachazo, me pareció) no le hubiera abierto el cráneo. Una parte ennegrecida del cerebro estaba en el suelo, junto a la cabeza. Todo el cuerpo estaba tumbado sobre un charco de sangre, negro y coagulado. El cinturón estaba desabrochado, el pantalón se sujetaba por un solo botón. Las piernas y los pies del muerto estaban desnudos, negros, violetas y malvas: ¿quizá fue sorprendido por la noche o a la aurora?, ¿huía? Estaba tumbado en una callejuela inmediatamente a la derecha de la entrada del campo de Chatila que está frente a la embajada de Kuwait. ¿Cómo los israelíes, soldados y oficiales, pretenden no haber oído nada, no haberse dado cuenta de nada si ocupaban este edificio desde el miércoles por la mañana? ¿Es que se masacró en Chatila entre susurros o en silencio total?
Las fotografías no captan las moscas ni el olor blanco y espeso de la muerte. Tampoco dicen los saltos que hay que dar cuando se va de un cadáver a otro.
Si miramos atentamente un muerto, sucede un fenómeno curioso: la ausencia de vida en un cuerpo equivale a la ausencia total del cuerpo o más bien a su huida ininterrumpida. Aunque nos acerquemos, creemos que no lo tocaremos nunca. Eso si lo contemplamos. Pero si hacemos un gesto en su dirección, nos agachamos junto a él, le movemos un brazo, un dedo, de repente se vuelve presente e incluso amigo.
El amor y la muerte. Estos dos términos se asocian muy rápidamente cuando se escribe sobre uno de ellos. Me ha hecho falta ir a Chatila para captar la obscenidad del amor y la obscenidad de la muerte. Los cuerpos, en ambos casos, no tienen nada que esconder: posturas, contorsiones, gestos, expresiones, incluso los silencios pertenecen a uno y otro mundo. El cuerpo de un hombre de treinta a treinta y cinco años estaba tumbado boca abajo. Como si todo el cuerpo no fuese más que una vejiga con forma humana, se había hinchado bajo el sol y por la química de la descomposición hasta inflar el pantalón, que amenazaba con estallar en las nalgas y en los muslos. La única parte de su rostro que pude ver era violeta y negra. Un poco más arriba de la rodilla, bajo la tela desgarrada, el muslo mostraba un tajo. Origen del tajo: ¿una bayoneta, un cuchillo, un puñal? Unas moscas en la herida y otras alrededor. La cabeza, más grande que una sandía -- una sandía negra. Pregunté su nombre, era musulmán.
-- ¿Quién es?
-- Palestino -- me respondió en francés un hombre de unos cuarenta años--. Vea lo que le han hecho.
Tiró de la manta que cubría los pies y una parte de las piernas. Las pantorrillas estaban desnudas, negras e hinchadas. Los pies, calzados con botines negros desatados, y los tobillos atados fuertemente con el nudo de una soga -- visiblemente resistente -- de aproximadamente tres metros de largo, que yo colocaba para que la señora S. (americana) pudiese fotografiar con precisión. Pregunté al hombre de cuarenta años si podía ver la cara.
-- Si quiere véalo, pero usted mismo.
-- ¿Quiere ayudarme a girarle la cabeza?
-- No.
-- ¿Lo han arrastrado por las calles con esta cuerda?
-- No lo sé, señor.
-- ¿Quién lo ha atado?
-- No lo sé.
-- ¿La gente del comandante Haddad?
-- No lo sé.
-- ¿Los israelíes?
-- No lo sé.
-- ¿Los kataeb?
-- No lo sé.
-- ¿Lo conocías?
-- Sí.
-- ¿Lo has visto morir?
-- Sí.
-- ¿Quién lo ha matado?
-- No lo sé.
Se alejó del muerto y de mí rápidamente. De lejos me miró y desapareció por una callejuela transversal.
¿Qué calle cogería ahora? Estaba acosado por hombres de cincuenta años, por jóvenes de veinte, por dos viejas señoras árabes, y tenía la impresión de estar en el centro de una rosa de los vientos cuyos rayos contuvieran cientos de muertos.
Anoto esto ahora, en este punto de mi narración, sin saber del todo por qué: "Los franceses tienen la costumbre de emplear la sosa expresión "trabajo sucio", pues bien, igual que el Ejército israelí ha encargado "el trabajo sucio" a los kataeb, o a la gente de Haddad, los laboristas han hecho rematar "el trabajo sucio" al Likud, Begin, Sharon, Shamir". Cito a R., periodista palestino, todavía en Beirut, el domingo 19 de septiembre.
En medio, cerca de ellas, de todas las víctimas torturadas, mi espíritu no puede deshacerse de esta "visión invisible": ¿cómo era el torturador? ¿quién era? Lo veo y no lo veo. Me arranca los ojos y su forma será para siempre la que dibujan las poses, posturas, gestos grotescos de unos muertos devorados al sol por nubes de moscas.
Al irse tan rápido (¡los italianos, llegados en barco con dos días de retraso, salieron en aviones Hércules!), los marines americanos, los paracas franceses y los bersaglieri italianos que constituían la fuerza de interposición del Líbano, un día o treinta seis horas antes de su partida oficial, como si huyeran, en la víspera del asesinato de Bechir Gemayel, ¿se equivocan acaso los palestinos al preguntarse si americanos, franceses e italianos habían sido advertidos de que hacía falta largarse para no verse involucrados en la explosión de los kataeb?
-- Se han ido muy rápido y muy pronto. Israel se jacta y presume de su eficacia en el combate, de la preparación de sus compromisos, de su habilidad para aprovechar las circunstancias. Veamos: la OLP deja Beirut gloriosamente, en un navío griego, con una escolta naval. Bechir, escondiéndose como puede, visita a Begin en Israel. La intervención de los tres Ejércitos (americano, francés, italiano) cesa el lunes. El martes Bechir es asesinado. El [Ejército israelí] Tsahal entra en Beirut Oeste el miércoles por la mañana. Como viniendo del puerto, los soldados israelíes suben hacia Beirut la mañana del entierro de Bechir. Desde el octavo piso de mi casa, con unos gemelos, los vi llegar en fila india: una sola fila. Me extrañé de que no pasase nada puesto que un buen fusil de mira telescópica debería haberlos abatido a todos. Su ferocidad los precedía.
Los carros tras ellos. Después los jeeps.
Cansados de una tan larga marcha matutina, se pararon cerca de la embajada de Francia, dejando que los tanques los precedieran, entrando de lleno en Hamra. Los soldados espaciados de diez en diez metros, se sentaron en la acera, el fusil apuntado al frente, la espalda apoyada en la pared de la embajada. El torso muy grande, me parecían boas que tuviesen dos piernas extendidas ante ellos.
"Israel se había comprometido ante el representante americano, Habib, a no poner los pies en Beirut Oeste y sobre todo a respetar las poblaciones palestinas de los campos de refugiados. Arafat tiene todavía la carta en la que Reagan le promete lo mismo. Habib habría prometido a Arafat la liberación de nueve mil presos en Israel. El jueves empiezan las matanzas de Chatila y Sabra. ¡El "baño de sangre" que Israel pretendía evitar aportando orden a los campos !"... me dice un escritor libanés.
"Será muy fácil para Israel librarse de todas las acusaciones. Ya los periodistas de todos los periódicos europeos se ocupan de excusarlos: ninguno dirá que durante las noches del jueves al viernes y del viernes al sábado se hablaba hebreo en Chatila". Esto me lo cuenta otro libanés.
La mujer palestina -- puesto que yo no podía salir de Chatila sin ir de un cadáver a otro y este juego de la oca conduciría fatalmente a este prodigio: Chatila y Sabra arrasadas por la batalla de las inmobiliarias con el fin de reconstruir sobre este llanísimo cementerio -- la mujer palestina probablemente era mayor, puesto que tenía el pelo gris. Estaba tumbada de espaldas, depositada o dejada sobre sillares, ladrillos, barras de hierro torcidas, sin confort. Antes de nada me sorprendí por una extraña trenza de cuerda y tela que iba de una muñeca a la otra, manteniendo así los dos brazos abiertos en horizontal, crucificados. La cara negra e hinchada, levantada hacia el cielo, mostraba una boca abierta, negra de moscas, con dientes que me resultaron muy blancos, una cara que parecía, sin que un músculo se moviese, o bien hacer muecas o bien sonreír o proferir un alarido silencioso e ininterrumpido. Sus medias eran de lana negra; el vestido de flores rosas y grises, ligeramente remangado o demasiado corto, no lo sé, dejaba ver lo alto de las pantorrillas negras e hinchadas, siempre con delicados tintes semejantes al malva y al violeta de las mejillas. ¿Eran hematomas o el efecto natural de la putrefacción al sol?
-- ¿Le han pegado con la culata?
-- Mire, señor, mire sus manos.
No me había fijado. Los dedos de las dos manos estaban desplegados en abanico y los diez estaban cortados con una cizalla de jardinero. Los soldados, riendo como niños y cantando alegremente, se habían divertido descubriendo esta cizalla y utilizándola.
-- Mire, señor.
Las puntas de los dedos, las falanges con la uña, yacían en el polvo. El hombre joven que me mostraba, con naturalidad, sin ningún énfasis, el suplicio de los muertos, recubrió tranquilamente con una tela la cara y las manos de la mujer palestina, y con un cartón rugoso sus piernas. Yo ya no distinguía más que un montón de telas rosas y grises sobrevolado por moscas.
Tres jóvenes me llevaban a una callejuela.
-- Pase, señor, nosotros lo esperamos fuera.
La primera habitación era lo que quedaba de una casa de dos pisos. Habitación muy tranquila, acogedora incluso, un intento de felicidad, quizá una felicidad lograda con restos, con lo que sobrevivió de musgo en un trozo de muro destruido, con lo que en un primer momento creí ser tres sillones, de hecho tres asientos de coche (tal vez un Mercedes de desguace), un sofá con cojines tapizados con una tela de flores de colores chillones y dibujos estilizados, una pequeña radio silenciosa, dos candelabros apagados. Una habitación bastante tranquila, alfombrada de cartuchos gastados... Una puerta batió como si hubiese una corriente de aire. Avancé sobre los cartuchos y empujé la puerta que se abría hacia fuera y que tuve que forzar: el tacón de una bota me impedía pasar, tacón de un cadáver tumbado de espaldas junto a cadáveres de otros hombres tumbados boca abajo, y reposando todos sobre una alfombra de cartuchos. Casi tropiezo varias veces.
Al final de esta habitación otra puerta estaba abierta, sin cerradura, sin pestillo. Saltaba los muertos como si fuesen fosos. La habitación contenía, amontonados en una sola cama, cuatro cadáveres de hombres, apilados, como si cada uno se hubiese preocupado de proteger al que tenía debajo o como si hubiesen sido poseídos por un celo erótico en descomposición. Esta pila de cuerpos olía fuerte, pero no mal. El olor y las moscas parecían habituarse a mí. Yo no molestaba ya a nadie en estas ruinas imperturbables.
-- Durante las noches del jueves al viernes, del viernes al sábado y del sábado al domingo, nadie los ha velado, pensé.
Sin embargo sentía que alguien había pasado por allí antes que yo y después de la masacre.
Los tres jóvenes me esperaban bastante lejos de la casa y con un pañuelo en las narices. Fue entonces, saliendo de la casa, cuando tuve un ataque de ligera locura que a poco me hace sonreír. Me dije que nunca habría suficientes planchas y tablas para los ataúdes. Pero, ¿para qué ataúdes? Los muertos y muertas eran todos musulmanes que se envuelven en sudarios. ¿Cuántos metros de tela harán falta para amortajar a tantos muertos? ¿Cuántas oraciones? Lo que faltaba en este lugar, me di cuenta, era la salmodia de las oraciones.
-- Venga, señor, venga.
Es tiempo de escribir que esta repentina y momentánea locura que me hizo calcular metros de tejido blanco dio a mi paseo una viveza casi alegre, y que la causó quizá la reflexión escuchada la víspera a una amiga palestina.
-- Esperaba que me trajesen mis llaves (¿qué llaves?: las de su coche, las de su casa, sólo sé la palabra llaves), un viejo pasó corriendo.
-- ¿Adónde vas?
-- A buscar ayuda. Soy el enterrador. Han bombardeado el cementerio. Todos los huesos de los muertos están al descubierto. Hay que ayudarme a recoger los huesos.
Esta amiga creo que es cristiana. También me dijo:
"Cuando la bomba de vacío -- llamada de implosión -- mató a doscientas cincuenta personas, nosotros sólo teníamos una caja. Los hombres cavaron una fosa común en el cementerio de la iglesia ortodoxa. Llenábamos la caja e íbamos a vaciarla. Íbamos y veníamos bajo las bombas, retirando los miembros y cuerpos como podíamos".
Desde hacía tres meses las manos tenían una doble función: por el día, coger y tocar, por la noche, ver. Los apagones obligaban a esta educación de ciego, igual que a la escalada bi o tridiaria del acantilado de mármol blanco, los ocho pisos de la escalera. Tuvimos que rellenar de agua todos los recipientes de la casa. El teléfono fue cortado cuando los soldados israelíes y las inscripciones hebraicas entraron en Beirut Oeste. Igualmente lo fueron las carreteras. Los carros [de combate israelíes] Merkaba, siempre en movimiento, vigilaban toda la ciudad a la vez que adivinábamos el espanto de los ocupantes por no convertirse en blancos fijos. Sin duda temían la actividad de los morabitun y de los fedayines que habían podido quedarse en Beirut Oeste.
Al día siguiente de la ocupación israelí estábamos prisioneros, pero me pareció que los invasores eran más despreciados que temidos, causaban más desagrado que miedo. Ningún soldado reía o sonreía. El tiempo aquí no era para tirar arroz ni flores.
Desde que las carreteras estaban cortadas, los teléfonos mudos, privado de comunicación con el resto del mundo, por primera vez en la vida me sentí palestino y odié a Israel.
En la Ciudad Deportiva, junto a la carretera Beirut-Damasco, en el estadio casi destruido por los bombardeos intensivos de la aviación, los libaneses entregaban a los oficiales israelíes amasijos de armas, al parecer, todas deterioradas voluntariamente.
En el inmueble que habito todos tenemos radio. Escuchamos Radio Kataeb, Radio Morabitun, Radio Ammán, Radio Jerusalén (en francés), Radio Líbano. Sin duda, todos hacemos lo mismo.
"Estamos unidos a Israel por numerosas vías: nos traen bombas, carros, soldados, frutas y legumbres, y se llevan a Palestina a nuestros soldados, a nuestros hijos... en un continuo vaivén que no cesa, como dicen ellos, estamos unidos desde Abraham, en su descendencia, en su lengua, en un mismo origen..." (un fedayín palestino). "En fin -- añade -- nos invaden, nos ceban, nos asfixian y querrían besarnos. Dicen ser nuestros primos y estar entristecidos al ver que nos apartamos de ellos. Deben estar furiosos con nosotros y con ellos mismos".

* * *
La afirmación de una belleza propia de los revolucionarios plantea muchas dificultades. Sabemos -- supongamos -- que los niños o adolescentes que viven en medios antiguos y severos, tienen una belleza de rostro, de cuerpo, de movimientos, de mirada, muy próxima a la de los fedayines. La explicación tal vez sea ésta: al quebrar el antiguo orden, una nueva libertad aparece a través de la piel de los muertos, y a los padres y abuelos les costará apagar el estallido de los ojos, el voltaje en las sienes, la alegría de la sangre en las venas.
En las bases palestinas, durante la primavera de 1971, la belleza estaba sutilmente difusa en un bosque animado por la libertad de los fedayines. En los campos [de refugiados] la belleza se establecía como el reino de las madres y los hijos, y era diferente, un poco más ahogada. Los campos recibían un tipo de luz que venía de las bases de combate y la explicación de la euforia de las mujeres necesitaría un largo y complejo debate. Más aún que los hombres, más aún que los fedayines en combate, las mujeres palestinas parecían suficientemente fuertes como para mantener la resistencia y aceptar las novedades de una revolución. Ya habían desobedecido a las costumbres: mirada directa aguantando la mirada a los hombres, rehusaban el uso del velo, cabellos visibles y desnudos, voz sin fisuras. La más corta y prosaica de sus conquistas era parte de un avance seguro hacia un orden nuevo, por lo tanto desconocido para ellas, pero donde presentían para ellas mismas su liberación como un baño y para los hombres como un orgullo luminoso. Estaban dispuestas a convertirse a la vez en esposas y madres de héroes como lo eran ya de sus hombres.
En los bosques de Ashlun, quizá los fedayines soñaban con chicas, más bien cada uno dibujó sobre sí mismo -- o modeló con gestos -- una chica pegada a él, de ahí la gracia y la fuerza -- entre divertidas risas -- de unos fedayines armados. No estábamos sólo en las lindes de una pre-revolución, sino también en las de una indistinta sensualidad. El rocío, congelando cada gesto, le confería su dulzura.
Cada día durante un mes, siempre en Ashlun, veía una mujer delgada pero fuerte, acuclillada a la fría intemperie, acuclillada como los indios de los Andes, o algunos negros africanos, los intocables de Tokio, o los gitanos en un mercado, lista para partir en caso de peligro, bajo los árboles, frente al puesto de guardia -- una sólida casa pequeña, construida rápidamente. Descalza, con un vestido negro galoneado en las mangas, esperaba. Su expresión era severa pero no de cólera, agotada pero no cansada. El responsable del comando preparaba una habitación casi vacía y después le hacía una señal. Ella entraba en la habitación. Cerraba la puerta sin llave. Luego salía, sin decir nada, sin sonreír, y con los pies descalzos regresaba directamente a Yeras y al campo de Baqa. En la habitación reservada para ella en el puesto de guardia supe que se quitaba las dos faldas negras, desataba todas las cartas y sobres que estaban cosidos, hacía un paquete y golpeaba suavemente la puerta. Entregaba las cartas al responsable, salía, y se iba sin haber dicho una palabra. Al día siguiente volvía.
Otras mujeres, más mayores que ésta, se reían de tener por hogar tres piedras ennegrecidas que llamaban: "nuestra casa". Con qué voz infantil me mostraban las tres piedras, y a veces con las brasas encendidas, me decían riendo: darna. Estas mujeres viejas no eran parte ni de la revolución, ni de la resistencia palestina: eran la alegría que ya no espera más. El sol sobre ellas, continuaba su trayecto. Un brazo o un dedo extendido proponía una sombra cada vez más fina. Pero ¿qué suelo? Jordano, por efecto de una ficción administrativa y política decidida por Francia, Inglaterra, Turquía, EEUU... "La alegría que ya no espera más", la más jovial puesto que es la más desesperada. Todavía veían una Palestina que ya no existía cuando tenían dieciséis años, pero por fin tenían un suelo. No estaban ni debajo ni encima, en un espacio inquietante donde el menor movimiento será un falso movimiento. ¿Era firme la tierra bajo los pies desnudos de estas octogenarias actrices trágicas sublimemente elegantes? Cada vez lo era menos. Cuando escaparon de Hebrón bajo las amenazas israelíes, la tierra aquí parecía sólida, cada uno se aligeraba y se movía sensualmente al son de la lengua árabe. Pasado el tiempo, esta tierra experimentó lo siguiente: los palestinos eran cada vez menos soportables, a la vez que estos mismos palestinos, estos campesinos, descubrían la movilidad, la marcha, la carrera, el juego de las ideas redistribuidas casi a diario como naipes, las armas, montadas, desmontadas, utilizadas. Cada mujer, a su vez, toma la palabra. Ríen. Recojo la frase de una de ellas:
-- ¡Héroes! Vaya broma. He parido y azotado a cinco o seis que están en el yebel. Les he limpiado el culo mil veces. Sé lo que valen y puedo parir a más.
En el cielo siempre azul el sol continua su trayecto, pero todavía hace calor. Estas actrices trágicas, a la vez recuerdan e imaginan. Con el fin de ser más expresivas, apuntan con el índice el final de cada periodo y acentúan las consonantes enfáticas. Si un soldado jordano pasase, estaría orgulloso: en el ritmo de las frases encontraría el ritmo de las danzas beduinas. Sin frases, un soldado israelí, si viese a estas diosas, les dispararía sobre el cráneo una ráfaga de metralleta.

* * *
Aquí, en las ruinas de Chatila, ya no queda nada. Algunas mujeres ancianas, mudas, se esconden rápidamente tras una puerta en la que hay un trapo blanco clavado. Algunos fedayines muy jóvenes, a algunos de los cuales reencontraré en Damasco.
La elección que hacemos de una comunidad concreta, sin contar la nativa, se opera por la gracia de una adhesión irracional, no es que la justicia no intervenga, pero es que esta justicia y la defensa de toda una comunidad se hace en virtud de una atracción sentimental, incluso sensible, sensual; soy francés, pero francamente, sin racionalismos, defiendo a los palestinos. Tienen el derecho puesto que los amo. ¿Pero los querría si la injusticia no hiciera de ellos un pueblo vagabundo?
Casi todos los edificios de Beirut, en lo que aún se llama Beirut Oeste, están tocados. Se resquebrajan de distintas formas: como un milhojas chafado entre los dedos de un King-Kong monstruoso, indiferente y voraz; otras veces los tres o cuatro últimos pisos se inclinan deliciosamente siguiendo un pliegue muy elegante, un pliegue libanés del edificio. Si la fachada está intacta, dad la vuelta a la casa, las demás caras del edificio están acribilladas. Si ninguna de las cuatro caras tiene fisuras, la bomba soltada del avión ha caído en el centro y ha hecho un pozo de lo que era el hueco de la escalera y el ascensor.
En Beirut Oeste, tras la llegada de los israelíes, S. me dice: "Había caído la noche y debían de ser las siete. De pronto un gran ruido de chatarra, de chatarra, de chatarra. Todo el mundo, mi hermana, mi cuñado y yo corremos al balcón. Noche muy negra. De vez en cuando destellos a menos de cien metros. Sabes que frente a nuestra casa hay una especie de puesto de mando israelí: cuatro carros, una casa con centinelas ocupada por soldados y oficiales. La noche. El ruido de chatarra que se aproxima. Los destellos: algunas antorchas luminosas. Y cuarenta o cincuenta niños de doce o trece años que golpean cadenciosamente pequeños bidones de hierro, con piedras, con martillos o con otras cosas. Gritaban muy fuerte y acompasados: Lâ ilâh illâ Allah, Lâ Kataib wa lâ yahud ("No hay más Dios que Dios, no a los kataeb, no a los judíos")."
H. me dice: "Cuando viniste a Beirut y a Damasco en 1928, Damasco estaba destruido. El general Gouraud y sus tropas, destacamentos de tiradores marroquíes y argelinos, habían arrasado y devastado Damasco. ¿A quién acusaba la población siria?
Yo:
-- Los sirios acusaban a Francia de la destrucción y las masacres de Damasco.
Él:
-- Nosotros acusamos a Israel de las masacres de Chatila y Sabra. No carguemos estos crímenes sobre la espalda de sus sicarios, los kataeb. Israel es culpable de haber introducido en los campos dos compañías de kataeb, de haber dado las órdenes, de haberlos animado tres días y tres noches, de haberlos pertrechado, de haberles dado de beber y de comer, de haber iluminado el campo por la noche".
De nuevo H., profesor de historia. Me dice: "En 1917 el golpe de Abraham se repitió, o si prefieres, Dios era ya la prefiguración de lord Balfour. Dios, decían y dicen todavía los judíos, ha prometido una tierra de miel y de leche a Abraham y a sus descendientes, mientras que este territorio no pertenecía al dios de los judíos (estas tierras estaban llenas de dioses), este territorio estaba poblado por los cananeos, que también tenían sus dioses, y lucharon contra las tropas de Josué hasta robarles el célebre arca de la alianza sin la cual los judíos no hubieran obtenido la victoria. Inglaterra en 1917 todavía no poseía Palestina (esa tierra de miel y leche), puesto que el tratado que le concedía el Mandato todavía no había sido firmado".
-- Begin pretende haber venido al país...
-- Es el título de una película: Una ausencia tan larga. A ese polaco, ¿lo ves heredero del rey Salomón?
En el campo, tras veinte años de exilio, los refugiados soñaban con su Palestina, nadie osaba saber ni decir que Israel la había arrasado de cabo a rabo, que en el lugar del campo de cebada hay un banco, una central eléctrica en el lugar de una viña trepadora.
-- ¿Cambiaremos la cerca de la granja?
-- Hará falta reconstruir una parte del muro junto a la higuera.
-- Todas las cacerolas estarán oxidadas: habrá que comprar bayetas.
-- ¿Por qué no ponemos también electricidad en la cuadra?
-- Ah, se acabaron los vestidos bordados a mano: me darás una máquina de coser y una de bordar.
La gente mayor de los campos de refugiados vivía miserablemente, quizá también en Palestina, pero la nostalgia funcionaba allí de un modo mágico y podía quedar presa de los desgraciados encantos de los campos. No es seguro que esta parte de los palestinos los deje con añoranza. En este sentido, una extrema miseria es adictiva. El hombre que la haya conocido, al mismo tiempo que la amargura habrá conocido una alegría extrema, solitaria, incomunicable. Los campos de refugiados de Jordania, adosados a pendientes pedregosas, están desnudos, pero en sus periferias hay desnudeces más desoladas: barracones, tiendas agujereadas habitadas por gente cuyo orgullo es luminoso. Negar que el hombre puede ligarse a miserias visibles y enorgullecerse de ellas y que este orgullo es posible porque la miseria visible tiene por contrapeso una gloria escondida, supone desconocer el alma humana.
La soledad de los muertos, en los campos de Chatila, era más sensible porque tenían gestos y poses de las que no se habían preocupado. Muertos de cualquier forma. Muertos abandonados. No obstante, en el campo, a nuestro alrededor, flotaban todos los afectos, las ternuras, los amores en busca de palestinos que ya no responderán.
-- ¿Cómo comunicárselo a los parientes que se han ido con Arafat confiando en la promesa de Reagan, de Mitterrand, de Pertini, de no tocar a las poblaciones civiles de los campos? ¿Cómo decir que han dejado masacrar a los niños, a los ancianos, a las mujeres, y abandonado los cadáveres sin oraciones? ¿Cómo informarles de que se ignora dónde están enterrados?
Las masacres no se perpetraron en silencio y en la oscuridad. Alumbrados por los cohetes luminosos israelíes, los oídos israelíes estaban, desde el jueves por la tarde, a la escucha en Chatila. Qué fiestas, qué juergas han tenido lugar allí donde la muerte parecía participar de la bacanal de los soldados ebrios de vino, ebrios de odio, y sin duda ebrios de alborozo por complacer al Ejército israelí, que escuchaba, miraba, animaba, reprendía. No he visto al Ejército israelí escuchando y mirando. He visto lo que hizo.
Al argumento: "Qué ganaba Israel con asesinar a Bechir: entrar en Beirut, restablecer el orden y evitar el baño de sangre."
-- ¿Qué ganaba Israel con la masacre de Chatila? Respuesta: "¿Qué ganaba con entrar en el Líbano? Bombardear durante dos meses a la población civil: expulsar y destruir a los palestinos. ¿Qué que quería ganar en Chatila? Destruir a los palestinos."
Mata hombres, mata muertos. Derriba Chatila. No está ausente de la especulación inmobiliaria que se hará en el terreno: vale cinco millones de francos antiguos el metro cuadrado de terreno arrasado. Pero ¿cuánto valdrá limpio y saneado?...
Escribo en Beirut donde, tal vez debido a la vecindad de la muerte que todavía aflora, todo es más verdadero que en Francia: todo parece suceder como si, cansado, abatido de ser ejemplar, de ser intocable, de explotar lo que cree haber llegado a ser: la santa inquisitorial y vengativa Israel hubiera decidido dejarse juzgar fríamente.
Gracias a una metamorfosis sabia pero previsible, helo aquí tal cual se preparaba desde hace tiempo: un poder terrenal execrable, colonizador sin límites, transformado en Instancia Definitiva tanto por su larga maldición como por elección propia.
Muchas preguntas quedan planteadas:
Si los israelíes sólo han iluminado el campo, escuchado y oído los disparos efectuados por todas las municiones cuyos cartuchos he pisado (decenas de miles) ¿Quién disparó realmente? ¿Quién arriesgó su piel asesinando? ¿Los falangistas? ¿Los haddadíes? ¿Quiénes? ¿Cuántos?
¿Dónde han ido las armas que han causado todos estos muertos? ¿Y dónde aquellas de los que se defendieron? En la parte del campo de refugiados que he visitado, sólo he visto dos armas anti-carro no utilizadas.
¿Cómo se introdujeron los asesinos en el campo de refugiados? ¿Estaban a todos los efectos los israelíes encargados del campo? En cualquier caso, ya estaban el jueves en el hospital de Acca, frente a la puerta del campo.
Se ha escrito en los periódicos que los israelíes entraron en el campo de Chatila en cuanto supieron de las masacres, y que las hicieron cesar al momento, es decir, el sábado. ¿Qué hicieron con los autores de la masacre? ¿Dónde están?
Tras el asesinato de Bechir Gemayel y de veinte de sus compañeros, tras las masacres, cuando supo que yo regresaba de Chatila, la señora B., de la alta burguesía de Beirut, vino a verme. Subió -- sin electricidad -- los ocho pisos del inmueble -- la encuentro mayor, elegante pero mayor.
-- Antes del asesinato de Bechir, antes de las masacres, tuvo usted razón al decirme que lo peor estaba en marcha. Lo he visto.
-- Ante todo no me diga lo que vio en Chatila, se lo ruego. Mis nervios son muy frágiles, no debo fatigarlos para poder soportar lo peor, que aún no ha llegado.
Vive sola con su marido (setenta años) y su sirvienta en un gran apartamento de Ras Beirut. Es muy elegante. Muy cuidado. Sus muebles tienen buen estilo, creo que Luis XVI.
-- Sabemos que Bechir había ido a Israel. Se equivocó. Cuando uno es jefe de Estado electo no frecuenta a esa gente. Estaba segura de que acaecería una desgracia. Pero no quiero saber nada. No debo fatigar mis nervios para soportar los golpes que todavía no han llegado. Bechir tuvo que haber devuelto aquella carta en la que Begin le llamaba "querido amigo".
La alta burguesía, con sus sirvientes mudos, tiene su propia forma de resistir. La señora B. y su marido "no creen en absoluto en la metempsícosis". ¿Que pasaría si renaciesen en el cuerpo de un israelí?
El día del asesinato de Bechir es también el día de la entrada del Ejército israelí en Beirut Oeste. Las explosiones se aproximan al edificio en el que estamos; al fin, todo el mundo baja a protegerse en un sótano. Embajadores, médicos, sus mujeres, sus hijos, un representante de la ONU en el Líbano, sus trabajadores domésticos.
-- Carlos, tráeme un cojín.
-- Carlos, mis gafas.
-- Carlos, un poco de agua.
Los sirvientes, puesto que también hablan francés, están admitidos en el refugio. Quizá también hace falta protegerlos: sus heridas, su transporte al hospital o al cementerio, ¡qué faena!
Hay que saber que los campos de Chatila y Sabra son kilómetros y kilómetros de callejuelas estrechas -- las callejuelas son tan angostas, tan esqueléticas que dos personas no pueden avanzar a no ser que uno de ellos se ponga de perfil -- obstruidas por escombros, bloques, ladrillos, harapos multicolores y sucios, y por la noche, bajo la luz de los cohetes israelíes que alumbraban el campo, quince o veinte francotiradores, aun bien armados, no hubieran logrado hacer esta carnicería. Los asesinos participaron en gran número y probablemente también escuadras de verdugos que abrían cabezas, tullían muslos, cortaban brazos, manos y dedos, arrastraban, trabados con una cuerda, a gente agonizando, hombres y mujeres que vivían aún porque desde la sangre ha chorreado abundantemente de sus cuerpos, hasta el punto de que no he podido saber quién, en el pasillo de una casa, había dejado ese riachuelo de sangre seca, desde el fondo del pasillo donde estaba el charco hasta el umbral donde se perdía en el polvo. ¿Era un palestino? ¿Era una mujer? ¿Un falangista del que habían evacuado el cuerpo?
Desde París, sobre todo si se ignora la topografía de los campos de refugiados, se puede dudar de todo. Se puede permitir a Israel afirmar que los periodistas de Jerusalén fueron los primeros en dar la noticia de las masacres. ¿Cómo se la dieron a los países árabes y en lengua árabe? ¿Y cómo en lengua inglesa y en francés? ¿Y en qué momento? ¡Cuando se piensa en las precauciones que se toman en Occidente en cuanto se constata una muerte sospechosa, las huellas, el impacto de las balas, las autopsias y los expertos! En Beirut, nada más conocer la masacre, el ejercito libanés tomaba inmediatamente bajo su mando los campos de refugiados y enseguida borraba tanto las ruinas de las casas como las de los cuerpos. ¿Quién ordenó esta precipitación? Después de que esta afirmación recorriese el mundo: cristianos y musulmanes se han matado entre ellos; después de que las cámaras hubieran registrado la ferocidad de la matanza.
El hospital de Acca ocupado por los israelíes, frente a la entrada de Chatila, no está a doscientos metros del campo, sino a cuarenta. ¿Nada visto, nada oído, nada comprendido?
Es lo que declara Begin en la Knesset [parlamento israelí]: "Unos no-judíos han masacrado a unos no- judíos, ¿en qué nos concierne eso a nosotros?"
Interrumpida un momento, debo terminar mi descripción de Chatila. He aquí los últimos muertos que vi, el domingo, hacia las dos del mediodía, cuando la Cruz Roja entraba con sus bulldozers. El hedor cadavérico no salía de una casa ni de un suplicio: mi cuerpo, mi ser parecía emitirlo. En una estrecha callejuela, en el saliente en forma de espina de una pared, creí ver un boxeador negro sentado en el suelo, sonriente, sorprendido por estar KO. Nadie había tenido el coraje de cerrarle los párpados, sus ojos desorbitados, de azulejo muy blanco, me miraban. Parecía vencido, el brazo levantado, adosado al ángulo de la pared. Era un palestino muerto desde hacía dos o tres días. Si primero lo confundí con un boxeador negro, fue porque su cabeza era enorme, hinchada y negra, igual que todas las cabezas y todos los cuerpos, tanto a la sombra de las casas como al sol. Pasé junto a sus pies. Recogí del polvo una muela superior y la coloqué en lo que quedaba del alféizar de una ventana. La concavidad de la palma de su mano tendida hacia el cielo, la boca abierta, la abertura de su pantalón donde faltaba el cinturón: cuántas colmenas donde se alimentaban las moscas.
Franqueé otro cadáver, luego otro. En este espacio de polvo, entre los dos muertos, había un objeto muy vivo, intacto en esa carnicería, de rosa un translúcido, que todavía podía servir: la pierna artificial, aparentemente de plástico, calzada con un zapato negro y un calcetín gris. Mirando mejor, estaba claro que la habían arrancado brutalmente de la pierna amputada, ya que las correas que habitualmente la sujetaban al muslo estaban todas rotas.
Esta pierna pertenecía al segundo muerto. Aquél del que sólo había visto una pierna y un pie calzado con un zapato negro y un calcetín gris.
En la calle perpendicular a aquella donde había dejado los tres muertos, había otro. No taponaba completamente el paso, pero estaba tumbado al principio de la calle, por lo que tuve que adelantarlo para girarme y ver este espectáculo: sentada en una silla, rodeada de jóvenes mujeres y hombres callados, sollozaba una mujer -- vestida de árabe -- que me pareció tenía dieciséis o sesenta años. Lloraba a su hermano cuyo cuerpo casi cortaba la calle. Me acerqué a ella. Miré mejor. Tenía un pañuelo anudado bajo el cuello. Lloraba, lamentaba la muerte de su hermano que estaba a su lado. Su rostro era rosa -- un rosa infantil, casi uniforme, muy dulce, tierno -- pero sin cejas ni pestañas, lo que creí rosa no era la epidermis sino la dermis ribeteada por un poco de piel gris. Tenía toda la cara quemada. No pude saber por qué, pero sí por quién.
Con los primeros muertos, me había esforzado en contarlos. Llegado al duodécimo y al decimotercero, envuelto por el olor, por el sol, tropezando en cada ruina, no podía más, todo se embrollaba.
Casas reventadas de las que salen edredones y edificios derrumbados, he visto muchos con indiferencia, pero al ver los de Beirut Oeste y de Chatila encontré el horror. De los muertos, que generalmente me son familiares, incluso amigos, al ver los de los campos no distinguí más que el odio y el alborozo de los que los habían matado. Había tenido lugar una fiesta bárbara: rabia, borrachera, danzas, cantos, juramentos, quejas, gemidos, en honor de los espectadores que reían en el último piso del hospital de Acca.

* * *
Antes de la guerra de Argelia, en Francia, los árabes no eran guapos, su aspecto era pesado, arrastrado, el morro ladeado, pero de repente la victoria los embelleció, pero ya, un poco antes de que fuera cegadora, cuando más de medio millón de soldados franceses se extenuaban y agotaban en los Aurès y en toda Argelia, un curioso fenómeno se hizo perceptible, modificando la cara y el cuerpo de los obreros árabes: algo como la cercanía, el presentimiento de una belleza todavía frágil pero que nos deslumbraría cuando las escamas hubiesen por fin caído de su piel y de nuestros ojos. Había que aceptar la evidencia: se habían liberado políticamente para aparecer como debían ser vistos, muy guapos. Del mismo modo, escapados de un campo de refugiados, escapados de la moral y del orden de los campos, escapados a una moral impuesta por la necesidad de sobrevivir, escapados a la vez de la vergüenza, los fedayines eran muy guapos; y esta belleza era nueva, ingenua, inocente, fresca, tan viva que descubría inmediatamente lo que la ponía de acuerdo con todas las bellezas del mundo arrancándose la vergüenza.
Muchos de los macarras argelinos que cruzaban Pigalle por la noche, utilizaban su situación en provecho de la revolución argelina. La virtud estaba ahí también. Es, creo, Hannah Arendt quien distingue las revoluciones según que persigan la libertad o la virtud -- es decir, el trabajo. Haría falta tal vez reconocer que las revoluciones y liberaciones se dan -- en el fondo -- con el fin de encontrar o reencontrar la belleza, es decir, lo impalpable, lo que sólo se puede designar por este término. O más bien no: por belleza entendemos una insolencia reidora a la que desafían la miseria pasada, los sistemas y los hombres responsables de la miseria y de la vergüenza, pero una insolencia reidora que percibe que el estallido, lejos de la vergüenza, era fácil.
Esta página debía tratar sobre todo de esto: una revolución lo es cuando ha hecho caer de los rostros y los cuerpos la piel muerta que los reblandecía. No hablo de una belleza académica, sino de la impalpable -- inefable -- alegría de los cuerpos, de las caras, de los gritos, de las palabras que dejan de ser mortecinas, quiero decir una alegría sensual y tan fuerte que quiere desterrar todo erotismo.

* * *
De nuevo en Ashlun, en Jordania, después en Irbid. Retiro lo que creo que es uno de mis cabellos blancos caído en mi jersey y lo dejo en la rodilla de Hamza, que está sentado a mi lado. Lo coge entre el pulgar y el dedo corazón, lo mira, sonríe, lo introduce en el bolsillo de mi blusón negro, y apoya su mano diciendo:
-- Un pelo de la barba del Profeta vale menos que esto.
Respira largamente y retoma:
-- Un pelo de la barba del Profeta no vale más que esto.
Sólo tenía veintidós años, su pensamiento volaba ágil muy por encima de los palestinos de cuarenta años, pero ya se encontraban en él los signos -- en él: en su cuerpo, en sus gestos -- que lo ataban a los viejos.
Antes los labriegos se sonaban en los dedos. Un chasquido rápido enviaba el moco a las zarzas. Se pasaban bajo las narices su manga de terciopelo con flecos que, al cabo de un mes, estaba cubierta de un ligero nácar. Igual los fedayines. Se sonaban como aspiraban el rapé los marqueses, como los prelados: un poco encorvados. Hice lo mismo que ellos, que me lo enseñaron sin pensarlo.
¿Y las mujeres? Bordar noche y día los siete vestidos (uno por cada día de la semana) del ajuar de bodas ofrecido por un marido generalmente viejo y elegido por la familia, deprimente despertar. Las jóvenes palestinas se volvieron muy bellas cuando se rebelaron contra el padre y rompieron las agujas y las tijeras de coser. En las montañas de Ashlun, de As-Salt y de Irbid, en los bosques mismos se había depositado toda la sensualidad liberada por la revuelta y los fusiles, no olvidemos los fusiles: eso bastaba, todos estaban hartos. Los fedayines, sin darse cuenta -- ¿de verdad? -- encarnaban una belleza nueva: la viveza de los gestos y el cansancio visible, la velocidad del ojo y su brillo, el timbre de la voz más clara se aliaban a la prontitud de la réplica y a su brevedad. Y a su precisión también. Las frases largas, la retórica sabia y voluble, las habían desechado.
En Chatila, muchos han muerto, y mi afecto y amistad por sus cadáveres pudriéndose era grande también porque los conocía. Ennegrecidos, inflados, podridos por el sol y la muerte, seguían siendo fedayines.
Hacia las dos de la tarde, domingo, tres soldados del Ejército libanés, apuntándome con el fusil, me condujeron a un jeep donde dormitaba un oficial. Le pregunté:
-- ¿Habla francés?
-- Inglés.
La voz era seca, tal vez porque acababa de despertarlo con un sobresalto. Miró mi pasaporte. Dijo en francés:
-- ¿Viene de allá? (su dedo apuntaba a Chatila).
-- Sí.
-- ¿Ha visto?
-- Sí.
-- ¿Va a escribirlo?
-- Sí.
Me devolvió el pasaporte. Me hizo una señal para que me fuese. Los tres fusiles se bajaron. Había pasado cuatro horas en Chatila. En mi memoria quedaban alrededor de cuarenta cadáveres. Todos -- digo todos -- habían sido torturados, probablemente bajo la embriaguez, entre cantos, risas, el olor de la pólvora y de la carroña.
Sin duda estaba solo, quiero decir que era el único europeo (con algunas ancianas palestinas aferradas todavía a un pañuelo blanco desgarrado; con algunos jóvenes fedayines desarmados) pero, si estas cuatro o cinco personas no hubieran estado allí al descubrir yo esta ciudad abatida, los palestinos horizontales, negros e hinchados, me hubieran vuelto loco. ¿Dónde estaba? Esta ciudad hecha migas y derribada que he visto o creído ver, recorrida, zarandeada y arrasada por el olor de la muerte, todo eso, ¿había tenido lugar?
Sólo había explorado, y mal, una veinteava parte de Chatila y Sabra, nada de Bir Hassan, y nada de Burj el Barajne.

* * *
No es por mis inclinaciones por lo que he vivido la época jordana como un cuento de hadas. Los europeos y los árabes norteafricanos me hablaron del sortilegio que sintieron allí. Viviendo esta larga presión de seis meses, apenas teñida de noche durante doce o trece horas, conocí la ligereza del acontecimiento, la excepcional calidad de los fedayines, pero presentía la fragilidad del edificio. En todos los sitios de Jordania donde el Ejército palestino se reagrupó -- cerca del Jordán -- hubo puestos de control donde los fedayines estaban tan seguros de sus derechos y de su poder que la llegada de un visitante, de día como de noche, a uno de los puestos, era ocasión para preparar té, para hablar entre estallidos de risa y dar besos fraternales (aquel que abrazaban se iba esa noche, cruzaba el Jordán para poner bombas en Palestina, y frecuentemente no regresaba). Los únicos islotes de silencio eran los pueblos jordanos: los sorteaban. Todos los fedayines parecían ligeramente elevados del suelo como por un vaso de vino o la calada de un poco de hachís. ¿Qué era? La juventud despreocupada de la muerte y que poseía, para disparar al aire, armas checas y chinas. Protegidos por armas que alcanzaban tan alto, los fedayines no temían nada.
Si algún lector ha visto el mapa de Palestina y de Jordania, sabe que el terreno no es una hoja de papel. El terreno, en las riberas del Jordán, es muy montañoso. Todo este desatino debería haber llevado como subtítulo El sueño de una noche de verano, a pesar del mal gesto de los cuarentones. Todo esto era posible gracias a la juventud, al placer de estar bajo los árboles, de jugar con las armas, de estar lejos de las mujeres, es decir, de escamotear un problema difícil, de ser el punto más luminoso por ser el más agudo de la revolución, de tener el asentimiento de la población de los campos de refugiados, de ser fotogénicos en todo lo que se haga, y quizá de presentir que este cuento de hadas de contenido revolucionario sería dentro de poco devastado: los fedayines no querían el poder, ya tenían la libertad.
A la vuelta de Beirut, en el aeropuerto de Damasco, encontré jóvenes fedayines escapados del infierno israelí. Tenían dieciséis o diecisiete años: reían, eran parecidos a los de Ashlun. Morirán igual que ellos. El combate por un país puede llenar una vida muy rica, pero corta. Es la elección, recuérdese, de Aquiles en la Ilíada.

(Publicado, con cortes, en Revue d'études Palestiniennes, núm. 6, invierno de 1983 con el título "Quatre Heures á Chatila". Traducción del francés de Antonio Martínez Castro, CSCA.)